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Naila Alabassi es hermana de Rania, desaparecida junto a sus seis hijos desde el 11 de marzo de 2013, día en que agentes del gobierno sirio llegaron a su casa y se los llevaron. © Ángel Gonzalo/AI

Mi hermana Rania está desaparecida en Siria

Me di cuenta de que pasaba algo cuando no pude localizar a Rania. Había estado llamando al teléfono de su casa y a su móvil varios días sin tener respuesta.

 

Rania Alabbasi es una dentista de éxito en Damasco y madre de cinco niñas y un niño. En 2013 unos agentes del gobierno sirio se la llevaron con sus hijos. Nadie sabe dónde están. ¡Ayúdanos a que les pongan en libertad! ¡Firma!

Más tarde descubrí que un grupo de hombres armados de los servicios de Inteligencia Militar había ido a casa de mi hermana el 9 de marzo y había detenido a su esposo, Abdulrahman, sin dar ninguna razón.

Detuvieron [a mi hermana] y a sus seis hijos y, cuando se iban, se llevaron todas las cámaras de televisión por circuito cerrado del edificio para que no hubiera ninguna prueba.

Regresaron al día siguiente y esta vez saquearon la casa, llevándose joyas de la familia, teléfonos móviles y las tabletas de los niños, y confiscando también los pasaportes y documentos de la familia.

Luego detuvieron a Rania y a sus seis hijos y, cuando se iban, se llevaron todas las cámaras de televisión por circuito cerrado del edificio para que no hubiera ninguna prueba.

Ella pensaba que no corría peligro

Cuando empezó el conflicto en 2011, Rania se negó a marcharse. El resto de nuestra familia trabajaba en Arabia Saudí y le dijimos que viniera con nosotros, pero ella me dijo: “La sociedad me necesita, quiero criar a mis hijos en Siria; terminarán sus estudios aquí”.

Rania nunca pensó que la pudieran detener: la familia no iba a manifestaciones ni participaba en actividades políticas.

Mi inteligente y afectuosa hermana mayor; Rania era un ejemplo para mí. Era amable y popular entre sus vecinos y pacientes, a muchos de los cuales no cobraba sus servicios cuando no podían pagarlos. Ayudó a criarme y siempre me animó en mis estudios. Ahora los mismos pensamientos me mantienen despierta por la noche: ¿está bien... o no?

¿Tienen hambre sus hijos... o no? ¿Están tranquilos, o gritan y lloran? ¿Están vivos? ¿O... están muertos?

En dos años y medio no he sabido nada, sólo he recibido alguna noticia no oficial de que habían visto a Rania detenida bajo custodia de las fuerzas de seguridad en torno a Damasco. Pero ninguna información oficial, nada que pudiera creer. Tengo ansiedad y no puedo dormir por la noche; no hago más que preguntarme: ¿Tienen hambre sus hijos... o no? ¿Están tranquilos o gritan y lloran? ¿Están vivos? ¿O... están muertos?

Mi madre, que ayudó a criar a los niños —abuela y madre al mismo tiempo—, llora todas las noches.

En dos años y medio no he sabido nada.

Esos seis niños no han hecho nada malo. Deberían estar en la escuela. Rania y su esposo los adoraban: la tímida y estudiosa Dima, de 16 años; la dinámica y atrevida Entisar, de 15; la bondadosa y estudiosa Najah, de 13; Alaa, de 10; Ahmad, de 8, y Layan, la menor, de 4 años.

Sus padres se aseguraban de que tuvieran una buena educación; aprendían inglés y otros idiomas y, como todos los demás niños, disfrutaban leyendo, jugando en el ordenador, cantando y actuando, dibujando o visitando parques.

No había ninguna razón para que destruyeran sus vidas.