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© Asia Alfasi/PositiveNegatives/Amnesty International

Maryam: Vivo con miedo por ser refugiada, por ser mujer

Líbano acoge a más personas refugiadas per cápita que ningún otro país del mundo. La mayoría ha huido del intenso conflicto que afecta a la vecina Siria. Viven en tiendas, edificios abandonados o alojamientos alquilados porque no se han creado nuevos campos de refugiados. Una de cada cinco familias está encabezada por una mujer. Algunas son viudas, otras están divorciadas o sencillamente no saben dónde están sus esposos. Las desapariciones siguen siendo parte de la aterradora vida diaria en Siria.

Muchas mujeres refugiadas carecen de un permiso de residencia válido o no pueden permitirse pagar los 200 dólares estadounidenses necesarios para renovarlo. Eso hace que vivan con el temor constante de ser arrestadas y detenidas o devueltas a Siria, lo que facilita que se aprovechen de ellas. Hay empleadores que pagan deliberadamente salarios muy bajos o a veces no pagan nada. También viven con el temor de que los arrendadores suban de pronto el alquiler o desahucien a familias enteras sin previo aviso. Saben que no es probable que los denuncien. 

Amnistía Internacional habló con Maryam [pseudónimo], una mujer siria de Homs que en 2013 llegó a Líbano donde vive con su familia. 

Un pariente mío murió en agosto. La policía nos tomó declaración a mi hermana y a mí. Nos tomaron todos los datos: nombres, domicilios y números de teléfono. Al cabo de un tiempo, los policías se pasaban por nuestra casa o nos llamaban y nos pedían que saliéramos con ellos. Eran los mismos tres policías que nos habían tomado declaración. Como no tenemos permiso legal [de residencia], los agentes nos amenazaron y nos dijeron que, si no salíamos con ellos, nos encarcelarían. 

Esto duró unos dos meses. Entonces nuestro arrendador reclamó la casa, así que nos trasladamos. Cambiamos de números de teléfono y no dimos a la policía nuestra nueva dirección. Ahora no me atrevería a ir a la comisaría. Aun en el caso de que fuera, no serviría de nada. La policía no me ayudaría. 

En otra ocasión, estaba en una carretera secundaria por la que no pasan muchos vehículos. Un automóvil particular se detuvo y me ofreció llevarme a donde quería ir. Yo subí y me senté en el asiento trasero. El hombre empezó a hablarme, a decirme que me daría dinero y me llevaría a una casa muy bonita, y me compensaría todo lo que había perdido. Me pidió que me sentara a su lado. Yo traté de actuar como si no estuviera aterrada, y esperé hasta llegar a un lugar en el que había edificios y mucha gente, y entonces le dije que se detuviera para poder sentarme a su lado. Cuando se detuvo, salí del auto y telefoneé a gente que conocía para que vinieran a buscarme. El hombre me pidió mi número de teléfono, pero le di uno falso.

El acoso [a mujeres refugiadas] es un gran problema en Líbano. Soltera o casada, siempre me acosan. Por eso tenemos miedo por nuestras hijas. Tengo una hija de 16 años y me da miedo hasta enviarla al comercio más próximo.