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© Amnistía Internacional

Las tácticas de los violadores de derechos humanos: cómo responder a un informe de Amnistía Internacional

Por Amnistía Internacional,

Cuando Amnistía Internacional publicó un informe donde se documentaba el ahorcamiento masivo de miles de reclusos en la prisión siria de Saydnaya, el gobierno de Siria se puso a la defensiva. Nos respondió el propio presidente Bachar al Asad, que tachó el informe de “pueril” y “sesgado” e incluso afirmó, riendo, que no sabía lo que pasaba en Saydnaya porque él estaba “en el Palacio Presidencial”.

El gobierno sirio no es el primero que se incomoda por nuestra investigación.

Con ocasión de la presentación de nuestro Informe 2016/17, veamos cinco tácticas de respuesta a un informe de AI que probaron a utilizar el año pasado violadores de los derechos humanos de todo el mundo:

Imagen de cómo quedó una vivienda después de ataques a familias romaníes. Amnistía Internacional documentó el ataque en su informe "Violent attacks against Roma in Hungary. time to investigate racial motivation"

1.  Cuestionar nuestra imparcialidad

El portavoz del gobierno húngaro Zoltán Kovács respondió a un artículo de opinión sobre la difícil situación de la población romaní de Hungría acusándonos de parcialidad contra la política oficial de inmigración:

“Estridente crítica de la firme postura de este gobierno contra la inmigración ilegal, Amnistía Internacional no está interesada en entablar un debate equilibrado.”

En respuesta al informe de AI donde se documentaba el uso de armas químicas en Darfur por el gobierno sudanés, el embajador de Sudán en Reino Unido, Mohamed Eltom, dijo:

“No creemos que [AI] sea una organización creíble”, y nos acusó de haber inventado otras noticias sobre Sudán. Eltom nos acusó de tener un “programa”, pero no supo explicar de qué. Asimismo, el enviado de Sudán en la ONU dijo que el informe se lo había “inventado en su mayor parte un osado e irresponsable miembro del personal”.


Manifestación frente al Tribunal de Justicia de Santo Domingo en la República Dominicana. © Fran Afonso/Amnistía Internacional

2. Negar sin más

Algunas de las autoridades mencionadas en nuestros informes optan por negar de plano lo que se afirma en ellos. Al preguntarle si el trato dispensado a las personas refugiadas devueltas a la remota isla pacífica de Nauru constituía tortura, el primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, respondió:

“Pues niego totalmente lo que dicen; es absolutamente falso [...] El gobierno niega esa denuncia, esa acusación”. No dio más explicaciones.

En septiembre de 2016 enviamos una petición al gobierno de la República Dominicana para instarlo a poner fin a la crisis de apatridia que sufren en el país miles de personas de ascendencia haitiana. La respuesta del presidente Danilo Medina a la prensa fue: “No sé, no sé, no sé en qué apoyan eso. Les falta información”.

Acusar a AI de mentir es una buena forma de dar por terminada la conversación. Veamos cuál fue la respuesta del Ministerio de Asuntos Exteriores de Myanmar a un informe sobre el terrible trato del país a su minoría musulmana rohingya:

“Es de lo más triste y lamentable que […] Amnistía Internacional haya basado también su informe en denuncias no confirmadas, fotografías inventadas y pies de foto inventados”.


El presidente sirio durante una entrevista. © Joseph Eid/AFP/Getty Images

3. Cambiar de tema

Es una de las más viejas tácticas. La primera respuesta del presidente Al Asad a las preguntas sobre Saydnaya consistió en desviar la atención a otros asuntos. Cuando su entrevistador estadounidense sugirió que las violaciones de derechos humanos podrían mermar las oportunidades de cooperación entre Estados Unidos y Siria, Al Asad intentó llevar la conversación a la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudí: “Voy a preguntarle yo: ¿Cómo pueden tener esa relación tan, tan estrecha, de equipo, con Arabia Saudí?”

El entrevistador pilló en seguida el truco a Al Asad y le dijo que no era de las violaciones de derechos humanos de Arabia Saudí de lo que estaban hablando.


El presidente de Filipinas durante un discurso ofrecido en la isla de Mindanao. © STR/AFP/Getty Images

4. Atacar entonces a Amnistía

No contento con acusar a Amnistía Internacional de parcialidad, el ejército nigeriano decidió responder a nuestros informes sobre sus disparos contra manifestantes independentistas biafreños desarmados con rebuscados insultos:

“El Ejército Nigeriano ha informado por enésima vez a la ciudadanía del abyecto intento de esta Organización No Gubernamental que no se cansa nunca de inmiscuirse en nuestra seguridad nacional de maneras que ignoran la objetividad, la imparcialidad y la pura lógica”.

La portavoz del Ministerio Ruso de Asuntos Exteriores Maria Zackarova respondió a nuestro reciente informe sobre Saydnaya con disparatadas conjeturas acerca de los fines de Amnistía, acusándonos de “provocación intencionada con el fin de echar leña al fuego del conflicto interno sirio, que está remitiendo [...] y hacer que los sirios se odien más unos a otros.”

Mientras tanto, el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, dijo que Amnistía Internacional era “muy ingenua y muy estúpida” cuando pusimos de relieve los miles de ejecuciones extrajudiciales que han tenido lugar con su gobierno, y llamó a la organización “idiota” cuando lo instamos a dejar de fomentar la violencia después de que afirmara que él mismo había asesinado a tres personas cuando era alcalde de Ciudad de Dávao.

 Un monje budista sostiene una pancarta para pedir el fin de la violencia en Tailandia. © AP Photo/Sakchai Lalit

5. Hacernos callar

Cuando todo lo demás fracasa, la táctica puede ser la censura total.

En septiembre de 2016, funcionarios tailandeses amenazaron con detener al personal de AI que estaba preparando la presentación de un informe donde se ponía de relieve el uso habitual de la tortura y otros malos tratos por parte de las autoridades estatales.

Se tuvo que anular una conferencia de prensa prevista para la presentación tras comunicar unos funcionarios del Ministerio de Trabajo que los visados de negocios de los miembros del personal de AI no les autorizaban a hablar en público y amenazar con presentar cargos contra ellos si lo hacían. El intento de silenciarnos no prosperó; no sirvió más que para poner de manifiesto el desprecio de las autoridades tailandesas por la libertad de expresión. 

 

 

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