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Un chico egipcio sostiene la bandera nacional en el Cairo © Amr Nabil

La infancia entre rejas

Timbrazos y golpes en la puerta. A esa hora no pueden ser ni el lechero ni la vecina que se quedó sin azúcar. Saben quién espera al otro lado de la puerta. “¿Qué querrán?, si no hemos hecho nada”.

Miembros de la seguridad central, armados como para una guerra, registran las habitaciones. Se llevan esposado a un adolescente sin que sus padres, aterrados e impotentes, puedan impedirlo. “No hay porqué preocuparse, nos lo llevamos para un interrogatorio de rutina”. No presentan una orden de detención; tampoco dicen adónde lo llevan. En todo Egipto, esta pesadilla se repite de manera alarmante. Esta vez, se trata de Mazer Mohamed Abdallah, de 14 años. Los padres buscan a Mazer de comisaría en comisaría durante una semana, hasta que casualmente un conocido se encuentra al chico en la fiscalía el día que presta declaración.

Los padres autorizan a Amnistía Internacional a que denuncie, con nombre y apellidos, aquello que en una sociedad tradicional pocos se atreven a nombrar, el peor de los ultrajes. Mazer asegura que fue violado con un palo repetidamente y que le administraron corrientes eléctricas en los genitales hasta que confesó. “Lo que usted quiera. Soy de los Hermanos Musulmanes; me he manifestado muchas veces contra el gobierno y distribuyo panfletos incitando a la rebelión, pero que esto se acabe”. Por si se le ocurre retractarse, las torturas se recrudecen antes de que comparezca en la fiscalía. Aunque Mazer denuncia que ha sido torturado, el fiscal se niega a abrir una investigación y a que lo examine un médico. Ordena su detención, pese a que la ley lo prohíba si el menor no tiene quince años cumplidos.

Ni las fuerzas de seguridad ni la fiscalía distinguen entre personas adultas y menores de edad cuando se los detiene, juzga y recluye. UNICEF denuncia la indefensión de los menores por falta de servicios especializados de protección de la infancia. “Los abusos policiales, la detención arbitraria, el recurso abusivo a la privación de libertad en todas las etapas de un procedimiento penal privan a los niños del derecho a la justicia”. El sistema judicial los devora. La tortura es rutinaria en las comisarías; poco importa que los detenidos sean menores de edad.

Contagiados del virus de la libertad

Los niños y niñas egipcios se han contagiado del virus de la libertad. El 25 de enero de 2011, gritaban junto a sus hermanos mayores: “el pueblo quiere la caída del régimen”. Contra la junta militar cantaban: “abajo el gobierno militar”. Contra los Hermanos Musulmanes coreaban: “que caiga el gobierno del líder supremo”. Cuando cayeron los Hermanos Musulmanes gritaban: “no al golpe militar”. Avanzaban mientras las fuerzas de seguridad disparaban y tiraban botes de humo. Los niños y niñas egipcios se han hecho mayores muy deprisa. Desde que está prohibido manifestarse sin autorización los detienen, juzgan y condenan como si fueran adultos. Para la justicia egipcia no existen los menores.

Se acusa a adolescentes de “incendiar edificios públicos”, “robar furgones policiales” o “preparar bombas y cócteles molotov para utilizarlos contra las fuerzas de seguridad”. Se procesa a niños y niñas por “manifestarse contra el gobierno” y militar en organizaciones consideradas terroristas, como los ultras de fútbol o los Hermanos Musulmanes. Las acusaciones sobre las supuestas actividades antigubernamentales de los menores se basan en informes policiales, sin más pruebas que los testimonios de las fuerzas de seguridad.

La Convención sobre los Derechos del Niño y el Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos son tajantes sobre el trato que debe darse a los menores detenidos. Ni se les privará de la libertad ilegalmente ni sufrirán castigos corporales. Egipto incumple lo que firmó.

© Amr Nabil

Denuncias respondidas con silencio

El Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias de Naciones Unidas denuncia el desamparo que sufren los menores detenidos en Egipto. Los casos que ha analizado parecen calcados del de Mazer Mohamed. Sin orden de detención, se traslada a los menores a un centro de reclusión para adultos, sin comunicárselo a la familia. A las denuncias de los padres, la fiscalía responde con el silencio. Los menores no comparecen tampoco ante un juez que verifique la legalidad de la detención y garantice que reciben un trato humano. Caso tras caso, se confirma “la existencia de detenciones arbitrarias de jóvenes de carácter sistemático y generalizado”.

Cuando Amnistía Internacional denuncia que Mazer Mohamed Abdallah ha sido torturado, el ministerio de interior egipcio contesta que el chico “planeaba atacar instituciones del estado y quemar furgones policiales a sueldo de los Hermanos Musulmanes”. Nadie se lo creyó. Negó que Mazer hubiese sido violado en una comisaría. Mazer recobró la libertad el 30 de enero y volvió a casa. Es una gran noticia, pero seguimos con el corazón encogido. Decidnos, ¿quién devolverá a Mazer la infancia perdida?