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Hulliane Cardoso, actriz de la compañía Tumulto. © Private

“La cultura, la educación, el deporte… pueden romper el círculo de violencia, no la militarización”

Brasil registra un número global muy elevado de homicidios. En 2015 perdieron la vida de ese modo casi 60.000 personas en el país. La mayoría de las víctimas son jóvenes varones negros que viven en la periferia de las grandes ciudades.

Agentes de policía son responsables del 20% y 25% de homicídios en las ciudades de Rio de Janeiro y São Paulo, respectivamente, muchos de los cuales podrían ser ejecuciones extrajudiciales, constitutivas de crímenes de derecho internacional. 

También ha aumentado en los últimos años la violencia en las zonas rurales. La respuesta ante esta situación por parte de las autoridades ha sido la militarización y el impulso en el Congreso de proyectos legislativos, como el Estatuto de Desarme, que pretende relajar la legislación sobre tenencia y porte de armas de fuego o reducir la edad penal a los 16 años, lo que contribuiría a criminalizar aún más a una juventud negra que está en el punto de mira.

Recientemente, dada la crisis de seguridad que se vive en ciudades como Río de Janeiro, se han desplegado 10.000 soldados y policías militares que patrullan las calles, siguiendo una estrategia similar a la que se implementó hace poco más de un año con motivo de la celebración de los Juegos Olímipicos en la ciudad y cuyo legado fueron las letales operaciones de seguridad que acabaron con la vida de cientos de jóvenes y la represión de las protestas de la ciudadanía. Hulliane Cardoso, actriz negra de la compañía Tumulto, de 23 años, vive en Coelho Neto, suburbio de Río de Janeiro y cuenta su experiencia diaria de supervivencia en un contexto de violencia y discriminación.

¿Cómo afecta la situación de violencia a jóvenes como tú?

En Brasil muere gente diariamente, estar vivo es un acto no sólo de resistencia sino de potenciación de quiénes somos. Los jóvenes negros aparecemos en los medios de comunicación constantemente como criminales. Cuando los jóvenes alcanzan la edad penal, que ahora quieren reducir a 16 años, da mucho miedo ver que son los mismos jóvenes que no tienen estudios, son los mismos jóvenes que no tienen amparo del Estado, que viven al margen. Los padres precisan trabajar y dejan solos a los niños desde muy pequeños y ahí es cuando los jóvenes se buscan la vida y muchos se equivocan. Cuando se les debería escuchar y entender su historia y buscar incentivos como un colegio o una actividad artística se les abandona a su suerte. En lugar de potenciar esas alternativas, se les encierra en la cárcel, o aparecen muertos. Y en las cárceles, o cuando salen de ellas, no hay programas de reeducación o reinserción para ellos.  El ciclo se perpetúa.

¿Has sentido discriminación por ser negra y vivir en una favela?

Sí, por ejemplo, hace poco estaba en una fiesta y despareció un teléfono móvil. En ese momento, noté que todas las mriadas se dirigían a mí, que todo el mundo pensaba que había sido yo por ser una de las únicas personas negras en el lugar. Y otras veces, al salir de una tienda y escuchar la alarma y, aún saliendo otras personas, ver que el guardia sólo viene hacia mí. Es complicado.

¿Cómo se puede romper esa realidad que describías hace un momento?

En mi caso utilizando el arte, a través del teatro, queremos transformar no sólo nuestras vidas sino también la vida de otras personas. Lo que le aporta el arte a mi vida me hace una persona mejor; y siento la responsabilidad de llevarlo a mi comunidad, de compartirlo para cambiar mi realidad familiar, la realidad de mis amigos y otras personas que yo no conozco. Intentamos transformar el mundo ofreciendo lo que tenemos y lo que sentimos. El Estado hoy invierte en lo que es bueno para sí mismo, para ellos, para los poderosos, olvidando que existen niños y jóvenes que están en los márgenes y que encuentran la salida por donde no debería ser. Deben poner la vista más en la periferia, acudir a las favelas, mejorar la calidad de vida, la seguridad, la salud, la educación...

Todos los jóvenes de la periferia con los que he hablado tienen una historia de violencia muy cercana, ¿tú también?

Sí, a veces sólo por el hecho de ser mujer. Salgo de casa a las seis y media de la mañana para ir a mis prácticas y cuando regreso de la facultad son las once de la noche, y tengo miedo de ser violada por un chico, de que me roben mi móvil o cualquier cosa, pero llegar a casa y sentir ese alivio, y saber que mañana comienza todo de nuevo es un poco chocante. Es una historia de supervivencia diaria.

¿De quién tienes más miedo, de la policía o de los bandidos, o de todos?

En donde yo vivo ahora no hay policía, lo que hay es el desierto, la oscuridad; las personas intentando robar y violar a otros pero un encuentro con la policía es algo que también asusta y puede ocurrir en cualquier punto de la ciudad. Yo sé que hoy, cuando hablamos de violencia policial, los chicos jóvenes están en el punto de mira. Y más hoy en día que volvemos a tener a los militares patrullando las calles.

Hace un año todo el mundo miraba a Río por los Juegos Olímpicos y parecía que todo iba a mejorar… ¿Qué ha ocurrido?

La violencia ha aumentado, los gastos absurdos que hubo con los Juegos Olímpicos fueron un maquillaje y a las personas que vivimos en las favelas se nos ocultó para que no fuésemos vistos y continuásemos invisibles.

El Congreso también quiere limitar derechos de las mujeres, acabando con el derecho al aborto en los pocos supuestos que se permiten en la ley, ¿qué opinas?

Yo veo que ellos, los políticos que están detrás de esos proyectos, se preocupan mucho de nuestro cuerpo y no tanto de la calidad de vida de la mujer, no se preocupan de nuestra salud. Quieren hacer de nosotras personajes de los cuentos que ellos quieren contar.

El Congreso también quiere limitar el derecho de protesta, ¿qué te parece?

Me parece que estamos volviendo a la dictadura, donde nuestra libertad de expresión, nuestro derecho de ir y venir está siendo arrebatado.

¿Qué le dirías tú al Congreso si tuvieras la oportunidad?

Yo les diría que tuvieran un poco mas de empatía y tratasen de conversar con la gente, sobre todo con quienes vivimos en la periferia, en las favelas, y no hacer las cosas de la forma en que lo están haciendo, sólo porque ellos tienen poder para eso.