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Conferencia de San Francisco donde se firma la Carta de la ONU. Una copia facsímil de la Carta se superpone en la foto. © UN Photo/Yould

La cuesta del gran reino animal. Una breve historia de los derechos humanos

En el 1750 a.C. el rey babilonio Hammurabi decide recopilar los códigos legales que regulan la vida de las distintas ciudades que forman parte de su imperio. El resultado es un único texto con 282 disposiciones cuya base filosófica es la ley del talión.

Aunque hoy el principio de ojo por ojo, diente por diente parece una aberración, fue un gran paso adelante en el respeto por la vida e integridad de las personas, pues puso coto a las venganzas sin límite. Por ello, el Código de Hammurabi está considerado por muchos el primer paso de un camino que desembocó muchos años después en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Siempre que pienso en ello, no puedo evitar recordar los versos del cantautor Silvio Rodríguez y pensar que la historia de los derechos humanos no es sino la historia de la humanidad avanzando penosamente por lo que él llamó una vez “la cuesta del gran reino animal”. La historia de los miles de millones de personas que han pisado la superficie del planeta a lo largo del tiempo tratando de sustituir sus instintos más fieros por ese impulso que nos dice que todas las personas son iguales en dignidad y derechos.

La historia del ser humano ha estado mayormente dominada por las ideas de competición y exclusión. El filósofo inglés Thomas Hobbes caracterizó este estado de naturaleza con la famosa frase que establecía que “el hombre es un lobo para el hombre”.

Así, durante la mayor parte de la historia, los derechos que cada persona tenía han dependido de su linaje, clase social, religión o nacionalidad. Los babilonios y egipcios que sacaron a los judíos de Palestina nunca se cuestionaron su derecho a hacerlo. Tampoco los mercaderes de esclavos árabes y europeos que esquilmaron el continente africano hasta el siglo XIX.

Incluso en la Grecia que saludamos como cuna de la democracia y la Roma que reverenciamos como cuna del derecho, tan solo una mínima parte de personas era considerada ciudadana y, por ende, sujeta de derechos.

Pueblos de primera, pueblos de segunda

Todo estaba justificado por la idea de que, de alguna manera, algunas personas no son personas. Las crónicas de toda civilización supuestamente superior sobre el encuentro con otra civilización supuestamente inferior –los relatos de la conquista de América o de la colonización de África y Asia– abundan en descripciones de las condiciones de vida de los conquistados como propias de salvajes o animales.

Frente a esta concepción, pocos osaron defender que los indios americanos, los africanos y los asiáticos eran también personas y, por tanto, sujetos de derechos.

En España lo hicieron los teólogos de la Escuela de Salamanca, recuperando argumentos utilizados por pensadores grecorromanos y por los padres de la Iglesia. Sus razonamientos se basaban en la idea de que existe un derecho natural independientemente de las leyes vigentes para cada pueblo: los hombres comparten la misma naturaleza y, por ello, los mismos derechos.

Junto al hecho de qué integrantes de qué grupos humanos se consideran o no personas, otro factor fundamental en la historia de los derechos humanos es cómo se valoran los derechos del individuo frente a los de la sociedad en su conjunto.

El progreso material que ha permitido a algunas sociedades tener más asegurada su supervivencia y no vivir en un estado de emergencia permanente ha facilitado que concediesen más espacio a las necesidades y derechos del individuo.

Así, el ascenso de la burguesía en Europa permite dejar atrás el concepto de sociedad dividida en estamentos (clero, nobleza, pueblo llano) y reconocer al individuo como un valor en sí mismo. Es entonces cuando surgen principios de derecho como el de habeas corpus (en latín, que tengas tu cuerpo: es el derecho a no ser detenido y encarcelado arbitrariamente).

El concepto se formaliza en la Inglaterra del siglo XVII con la Ley de Habeas Corpus de 1679, aunque ya había sido formulado en declaraciones como la Carta Magna otorgada por Juan I de Inglaterra a los barones alzados en armas contra lo que consideraban abusos del rey.

Redactada en 1215, la carta está considerada el origen del sistema parlamentario inglés. Protegía los derechos de la Iglesia y la nobleza frente al poder real y establecía que “ningún hombre libre será aprehendido o puesto en prisión” a no ser mediante un procedimiento judicial.

Las revoluciones burguesas y las declaraciones de derechos

La Ley de Habeas Corpus fue uno de los primeros logros de la Revolución Inglesa, la primera de las revoluciones que acabaría con la monarquía absoluta y propiciaría la llegada del parlamentarismo y la democracia.

Las declaraciones de derechos que acompañan y propulsan la Revolución Francesa y la Revolución Americana –o guerra de la Independencia de los Estados Unidos– se basan en la idea de que las personas son sujetos de derechos naturales que nadie les otorga, sino que van unidos a su condición de ser humano.

El 4 de julio de 1776, el segundo Congreso Continental reunido en Pensilvania, proclamó la independencia de las 13 colonias que Inglaterra poseía en la costa este de Norteamérica. La declaración de independencia redactada por Thomas Jefferson incluía una declaración de derechos basada en los siguientes principios: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Una década después, el 26 de agosto de 1789, la Asamblea Nacional Constituyente Francesa aprueba la  Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Sus dos primeros artículos no dejan lugar a dudas: “1. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. 2. La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión”.

Estas declaraciones, pese a su significado verdaderamente revolucionario, no dejaban de tener validez en un solo país e incluso dentro de este no se aplicaban a toda la población. Además, los principios del Nuevo Régimen no estuvieron totalmente en control de la situación hasta al menos el final de las revoluciones burguesas a mediados del siglo XIX.

La lucha por el reconocimiento de unos derechos humanos universales continuaría hasta después de la Segunda Guerra Mundial.


Hijos e hijas del personal de las Naciones Unidas observan de cerca la Declaración Universal de los Derechos Humanos. © UN Photo

La Declaración Universal de los Derechos Humanos

Sobre las ruinas de la civilización occidental, especialmente de una Europa y una Asia arrasadas por un conflicto a lo largo del cual alrededor de 90 millones de personas habían perdido la vida y millones más habían resultado heridas o desplazadas, los países supervivientes se reunieron para buscar un nuevo orden mundial.

La Carta de las Naciones Unidas, aprobada en San Francisco en junio de 1945 por medio centenar de países, afirmaba la voluntad de estos Estados de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra” y aseguraba que para alcanzar este objetivo era necesario “reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana”.

En virtud del artículo 68 de la Carta se creó la Comisión de Derechos Humanos y, dentro de ella, un comité de ocho miembros se encargó de elaborar un proyecto de Declaración Universal de los Derechos Humanos que fue sometido a votación el 10 de diciembre de 1948 en París. La declaración fue aprobada por 48 votos a favor y 10 abstenciones y ausencias (la Unión Soviética, los países de la Europa del Este y Arabia Saudí, entre otros).

Según el texto, que para muchos es una especie de Constitución de la humanidad, la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”.

Hoy, más de 70 años después de que estas iluminadoras palabras fueran puestas negro sobre blanco, hay que reconocer que estamos lejos de la humanidad “liberada del temor y de la miseria” a la que aspira la Declaración Universal.

Indudablemente, el camino recorrido desde el tiempo en que las agresiones de un pueblo hacia otro pueblo daban lugar a venganzas ilimitadas es muy grande. Sin embargo, los derechos humanos distan mucho de ser respetados siempre y en todo lugar. De hecho, en los últimos años parecen estar en serio retroceso.

Llegados a este punto, desesperarse no es una opción. Hay que recordar lo que decían dos históricos activistas de los derechos civiles de la población afroamericana en Estados Unidos. Asa Philip Randolph aseguraba que “la justicia nunca se recibe sin más; hay que exigirla”. Martin Luther King apuntaba que “una injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes”.

Ojalá algún día no tengamos que recordar estas citas de King, de Randolph, de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Significará que hemos alcanzado el final de la cuesta del gran reino animal y los derechos humanos son una realidad para todos y todas.