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Dibujo hecho por Mohanna, hija de Hamed Ahmadi, que plasma la ejecución de su padre. © Private

Irán: Carta desde la horca

Rara vez escuchamos de primera mano el relato de quienes languidecen condenados a muerte en Irán. Pero ha aparecido una carta de Hamed Ahmadi, un hombre ejecutado el miércoles 4 de marzo tras un juicio manifiestamente injusto. Nos ofrece una excepcional mirada sobre la agonía que soportan estos presos, que saben que todo está a punto de terminar.  

 

Irán es el país que más ejecuciones lleva a cabo en el mundo, a excepción de China. Solo en 2013 las autoridades iraníes reconocieron haber ejecutado a 369 presos, aunque se cree que la cifra real puede superar los 700, incluyendo muchas ejecuciones no comunicadas o llevadas a cabo en secreto.

"Todo ha terminado", dijo el guardia, confirmando lo peor.

Al otro lado del grueso muro de ladrillo de la prisión de Raja'i Shahr, en Karaj, al oeste de Teherán, se encuentran los cuerpos de seis hombres suníes pertenecientes a la minoría kurda de Irán, cada uno de ellos cuelga de una horca.  

Hamed Ahmadi, Jahangir Dehghani, Jamshid Dehghani, Kamal Molaee, Hadi Hosseini y Sediq Mohammadi fueron sentenciados a pena de muerte en 2012 tras haber sido declarados culpables del impreciso delito de “enemistad contra Dios” (moharebeh).

La Corte Suprema iraní confirmó las sentencias de muerte en 2013, a pesar de que los hombres negaron cualquier implicación en actividades armadas o violentas y dijeron que habían sido perseguidos únicamente por practicar o promover su fe. Las autoridades se negaron a revisar sus casos, aunque los cambios introducidos en el código penal deberían haberlo permitido.  

Sus familiares, exhaustos, permanecieron toda la noche a las puertas de la cárcel suplicando con desesperación a las autoridades que no llevaran a cabo las ejecuciones, pero no pudieron hacer otra cosa que llorar, mientras los guardias de la prisión se burlaban de ellos y les insultaban.

Nos dijeron que no podían pensar en otra cosa que en las últimas palabras que intercambiaron con sus seres queridos el día antes, en un breve encuentro, durante el cual los hombres estuvieron atados con cadenas y grilletes.

Todo lo que queda es una carta de Hamed Ahmadi, en la que describe una cruda imagen de sus últimos cinco años en el corredor de la muerte, viviendo bajo la constante amenaza de la ejecución, antes de que le arrebataran la vida.

 



Fotografía de la mujer y la hija de Hamed Ahmadi. © Particular

 

En menos de un mes Irán aparecerá ante el más alto organismo de derechos humanos de Naciones Unidas para anunciar su posición sobre las recomendaciones que recibió durante la evaluación periódica universal (EPU) del país para la mejora de su nefasta situación en materia de derechos humanos. Solo podemos preguntarnos cómo las autoridades iraníes esperan que se les tome en serio cuando existe tal contraste entre su retórica ante la ONU y las violaciones de derechos humanos que habitualmente aprueban en casa.

"Una fría mañana de otoño, en noviembre de 2012, me despertaron y me dijeron que iba a ser trasladado a la cárcel de Sanandaj [en la provincia de Kordestan]. La práctica habitual era trasladar a los condenados a pena de muerte solo para llevar a cabo la sentencia. Sentí sobre la cabeza la sombra de la ejecución. Todos los del módulo nos acercamos los unos a los otros. En aquel entonces eran 10 en el corredor de la muerte. Algunos lloraban, otros estaban sumidos en sus pensamientos. Pensamos que quizás solo nos estaban transfiriendo a otra cárcel, pero las humillantes miradas de los guardias decían otra cosa. Nos vendaron los ojos y nos esposaron a los 10, y nos metieron a empujones en un autobús mientras nos insultaban.


Intenté pensar en los buenos recuerdos para levantarme el ánimo, pero es difícil pensar en la felicidad cuando estás a solo un paso de la muerte. Cuando llegamos, nos sacaron del autobús y tiraron nuestras pertenencias al suelo. Estaba lloviendo y el suelo estaba embarrado. Sustituyeron nuestras esposas metálicas por otras de plástico; las ataron tan fuerte que las manos de algunos compañeros comenzaron a sangrar. Nos quitaron la venda de los ojos y nos llevaron a una habitación cuyas paredes estaban llenas de notas escritas a mano por personas del corredor de la muerte que habían sido llevadas a este mismo lugar antes de su ejecución. Nos lavamos para la oración y empezamos a rezar buscando paz y consuelo.

 

Pero pasaron 45 días. Cada día pensábamos que podían ejecutarnos al día siguiente, pero nadie venía a buscarnos. Nos acercamos a la muerte 45 veces. Dijimos adiós a la vida 45 veces.


Empecé a preguntarme si vería de nuevo a mi hija. Cuando nació no pude estar a su lado. Le rogué a Dios que diera paciencia a mi familia y deseé que al menos me dejaran despedirme de ella.

La puerta se abrió. Nuestros corazones empezaron a latir muy fuerte. La pesadilla de la muerte se estaba haciendo realidad. Nos separaron a unos de otros. Nuestro ánimo se hundía y crecía nuestro miedo. El tiempo pasaba más lento que nunca antes en nuestras vidas. La noche anterior, la televisión había emitido un documental sobre nosotros. Todo el mundo opinaba que era una señal de que nuestra sentencia se ejecutaría pronto.

Pero pasaron 45 días. Cada día pensábamos que podían ejecutarnos al día siguiente, pero nadie venía a buscarnos. Nos acercamos a la muerte 45 veces. Dijimos adiós a la vida 45 veces.

Y justo cuando empezábamos a tener esperanzas de que no iban a ejecutarnos, cuando empezábamos a pensar otra vez en la vida, anunciaron que nuestros nombres constaban en la lista de transferidos a la cárcel de Raja'i Shahr. De nuevo la pesadilla de la muerte. Otra vez se repetía la imagen de un hombre colocándonos una soga alrededor del cuello. Nos dieron unas ropas azul claro, que son para quienes van a ser ejecutados. La imagen de la escena de la ejecución no me abandonó ni un segundo. Pasaron tres días.

Estaba completamente desorientado. Mi cerebro ya no funcionaba.

Me permitieron telefonear. Mi hermana empezó a llorar nada más oír mi voz: "¿Estás vivo? El diputado por Sanandaj, Salar Mohammadi, llamó y nos dijo que los 10 habíais sido ejecutados". Habían celebrado un funeral en nuestra memoria.

Golpeé la puerta sin parar, pidiendo a gritos que alguien viniera a responder a mis preguntas: ¿Por qué estamos aquí? Mi familia está preocupada. Permitidme al menos que haga una llamada. Finalmente, me permitieron telefonear. Mi hermana empezó a llorar nada más oír mi voz: "¿Estás vivo? El diputado por Sanandaj, Salar Mohammadi, llamó y nos dijo que los 10 habíais sido ejecutados" . Habían celebrado un funeral en nuestra memoria.

Entonces llamé a mi hermano. Estaba delante de la cárcel. Le pregunté si había oído algo de las otras seis personas que no estaban con nosotros. Lloró y dijo: Los han colgado hoy y no han entregado los cuerpos. Perdí el control y empecé a llorar y a gritar. Los hombres con quien había compartido celda durante tres años y medio ya no estaban en este mundo. No podía creerlo. Me sentí hundido y destrozado. Ninguno de ellos pudo ni siquiera decir adiós a su familia.

La ejecución nos perseguía a mí y a mi familia cada segundo. Mi familia era ejecutada conmigo una y otra vez. Si un solo día no tenían noticias mías, venían inmediatamente a la cárcel pensando que habían terminado con nosotros... Nos mantuvieron en esta situación, en la que cada minuto nos sentíamos con la soga al cuello.


Estas son las últimas palabras que la familia de Hamed tuvo de él.

Es estremecedor, pero habitual.

Estas ejecuciones afectan de forma desproporcionada a las minorías étnicas y religiosas, con frecuencia tras juicios injustos donde se admiten como pruebas las "confesiones" extraídas a través de la tortura y otros malos tratos.