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Bandera del grupo armado Estado Islámico en Mosul, Irak, junio de 2014. © AI

"Hablaban de cómo ejecutarme"

Por activista pacífico, 

Un activista pacífico –que desea permanecer en el anonimato– nos describe su detención y tortura a manos del grupo armado Estado Islámico

 

El grupo armado autodenominado Estado Islámico (EI) controla grandes zonas de Siria e Irak, y se cree que retiene a cientos, si no miles, de prisioneros, muchos de ellos en centros de detención secreta. Algunos de los recluidos son sospechosos de robo u otros delitos; otros están acusados de "delitos" contra el Islam, como fumar cigarrillos, o del delito de zina (mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio). Otros parecen haber sido detenidos a causa de su labor como activistas políticos o de derechos humanos, como trabajadores humanitarios o como periodistas. El también ha capturado y detenido a numerosos combatientes de grupos armados rivales, a algunos de los cuales ha ejecutado después sumariamente. Las denuncias de tortura contra las personas a las que captura o detiene son habituales.

Este es su relato:   

Aparte de la tortura física, las amenazas y el terrorismo psicológico eran abundantes. A todos nos amenazaban a diario con llevarnos al 'carnicero' [el verdugo].

“Durante mis primeros 20 días de encarcelamiento [en manos del EI], estuve recluido en un calabozo subterráneo. Dependiendo del día, en el calabozo había entre 50 y 90 prisioneros más. Los hombres recluidos allí procedían de entornos diferentes; algunos eran combatientes de grupos como Yabhat al Nusra, Ahrar al Sham o el Ejército Sirio Libre. Otros eran civiles a los que se acusaba de ser simpatizantes del régimen o espías. Además, había otro activista recluido con nosotros".


“Las condiciones generales no eran demasiado malas. Vives el día a día con relativa normalidad, pero con un terror extremo a causa de las amenazas constantes que llegan a tus oídos, y por lo que otros te cuentan de la tortura que han soportado. Por ejemplo, había varios hombres con los brazos totalmente paralizados por haber sido colgados por el ballanco [una postura en tensión en la que a la víctima la cuelgan por las muñecas, atadas a la espalda]. Estos hombres habían permanecido colgados durante seis o siete horas hasta que los brazos se les habían paralizado".

“Esta tortura normalmente se lleva a cabo en otra sala, pero oíamos los gritos. La gente, cuando vuelve al calabozo, suele describir lo que le han hecho".

“Las torturas peores se las infligían a civiles acusados de ser simpatizantes del régimen. A uno de los hombres que tenía los brazos paralizados a consecuencia de la tortura lo detuvieron únicamente porque alguien lo oyó gritar: '¿Cómo puedes hacer esto a tus propios simpatizantes, Bashar?’ después de que su casa fuera bombardeada. A los acusados de ser miembros de Yabhat al Nusra y a otros combatientes los trataban mejor que a los civiles".

“Las condiciones en el interior del calabozo no eran malas: estaba limpio y la comida era buena. Pero, durante los interrogatorios, las condiciones eran indescriptibles. Totalmente indescriptibles. Mi primera semana de interrogatorio fue espantosa. Luego descubrieron que no tenía vínculos con ningún grupo armado y que mis actividades no eran políticas, así que, después de la primera semana, la tortura se redujo. Aún tengo cicatrices en el cuerpo de los primeros tres días de tortura. Me colgaron por el
ballanco durante 15 minutos. Durante esos 15 minutos de dolor, estaba dispuesto a 'confesar' cualquier cosa que [mi torturador] quisiera".

“Aparte de la tortura física, las amenazas y el terrorismo psicológico eran abundantes. A todos nos amenazaban a diario con llevarnos al 'carnicero' [el verdugo]".

“Después de esos 20 días, me llevaron a otro lugar. Allí, el investigador quería obtener de mí otra 'confesión' porque las acusaciones previas contra mí no se sostenían. Me encerraron en régimen de aislamiento durante 24 horas y me dijeron: 'O cambias tu historia, o te ejecutamos'. No cambié mi historia; no tenía ninguna otra historia que contar".

“Al día siguiente, vinieron. Yo estaba sentado en el suelo con los ojos vendados, y oí cómo cargaban un arma –quizá algún tipo de pistola– cerca de mi cabeza: otra forma de terror. El investigador dijo a los otros hombres: 'Llévenselo y ejecútenlo'. Me sacaron de la sala con los ojos vendados. Dios me dio fuerzas en aquellos momentos. Los hombres que me llevaban hablaban de cómo ejecutarme; uno le decía al otro: 'no uses una pistola, usa un rifle, es mejor'. Luego abrieron la puerta y me metieron en otra sala".

“Cuando abrí los ojos, descubrí que se habían limitado a llevarme de vuelta a mi calabozo. Toda la historia de la ejecución era una manera de aterrorizarme, de hacer que me desmoronara y 'confesara' lo que ellos quisieran."

“Estuve recluido en manos del Estado Islámico durante varias semanas más, y luego me dejaron en libertad. Poco después huí de Siria. Como activista, allí no iba a estar seguro durante demasiado tiempo”.