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Refugiado iraní descansa sobre una mina de fosfato abandonada en Nauru. © Remi Chauvin

En Australia las políticas de refugio están concebidas para infligir el mayor daño posible

En un sucio bar, bastante apartado, una joven a la que llamaré Jane me dijo: “Elegí este lugar porque era muy ruidoso, así habría menos probabilidades de que nos vigilaran.”

Hasta ese momento sólo nos habíamos comunicado mediante mensajes cifrados para que las autoridades locales no se enteraran de nuestra reunión. Me encontraba en un país que recientemente había promulgado legislación que le permitía enjuiciar y encarcelar a personas que desvelaran información sobre las operaciones “extraterritoriales” del gobierno. Al reunirse conmigo, Jane demostraba un auténtico valor. Muchas otras personas tenían demasiado miedo para encontrarse conmigo, o incluso para hablar por teléfono. En el bar, Jane habló durante horas de los abusos contra los derechos humanos que había presenciado. En algunos momentos rompió a llorar.


Nauru es una isla diminuta y remota del Pacífico que tiene una población de 10.000 habitantes y una superficie total de 21 kilómetros cuadrados. © AFP/Getty Images

Estamos en contra de los atropellos que sufren las personas refugiadas y pensamos que podemos y debemos acoger.

queremos un mundo que grite ¡yo acojo!

¡únete!

Como abogada de derechos humanos que trabaja con Amnistía Internacional, estoy acostumbrada a concertar citas complicadas para garantizar la seguridad y el anonimato de las personas a las que entrevisto en países autoritarios. También estoy acostumbrada a oír historias traumáticas de abusos. Pero esta reunión clandestina no tuvo lugar en Bielorrusia, China o Uzbekistán, sino en la liberal y democrática Australia. Y no hablábamos sobre secretos de Estado, sino simplemente sobre la salud y el bienestar de las mujeres, los hombres, las niñas y los niños que habían buscado protección en Australia.

 Un nuevo informe publicado por Amnistía Internacional , “Island of Despair” (en español su resumen ejecutivo), pone de manifiesto con doloroso detalle hasta dónde está dispuesto el gobierno australiano a llegar para repeler de su territorio a quienes solicitan asilo, y para ocultar la magnitud de los abusos que tienen lugar en sus centros de “tramitación extraterritorial”.

El enfoque adoptado por Australia respecto a los solicitantes de asilo –quienes huyen de países peligrosos como Irak, Somalia y Siria– tiene como objetivo la disuasión. Si una persona intenta entrar irregularmente en Australia por mar, o bien es expulsada sin el procedimiento debido, o bien es detenida y recluida en apartados centros de “tramitación”.

Uno de esos centros se encuentra en Nauru, una isla diminuta y remota del Pacífico, con una población de 10.000 habitantes y una superficie total de 21 kilómetros cuadrados. Una vez allí, las personas refugiadas y solicitantes de asilo reciben una atención médica inadecuada, sufren abusos por parte de la población local y ven cómo a sus hijos e hijas se les infligen abusos y se les niega el acceso a la educación. No pueden salir de Nauru ni siquiera después de que se les reconozca la condición de refugiados.

Lo más asombroso es que el gobierno australiano ha conseguido “vender” este modelo como humanitario.

En su distópica novela 1984, George Orwell acuñó el término “doblepensar”. El acto de doblepensar consiste en “saber y no saber, ser consciente de toda la verdad mientras se cuentan mentiras cuidadosamente construidas, mantener simultáneamente dos opiniones contradictorias, sabiendo que se contradicen y creyéndose las dos, utilizar la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad al mismo tiempo que se reivindica”.

El uso del doblepensar es la única manera de explicar cómo el gobierno de Australia ha engañado a su electorado y al resto del mundo sobre sus políticas respecto a las personas que buscan protección internacional.


Niños refugiados participan en una protesta contra las condiciones de vida en el centro de refugiados de Nauru, marzo 2015. © Private

Porque, mientras el gobierno australiano afirma que sus políticas son humanitarias y tienen como finalidad salvar vidas (supuestamente desalentando a la gente de llegar a Australia en peligrosas travesías por mar), reconoce también que, para que “funcionen”, esas políticas tienen que ser crueles. De hecho, el primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, ha admitido que la política de la tramitación extraterritorial es dura, y podría ser calificada como cruel. Por eso, ¿es quizá la práctica de doblepensar lo que permite a Turnbull mantener una total seriedad cuando dice a las Naciones Unidas que las políticas fronterizas australianas son “las mejores del mundo”, o al ministro de Inmigración australiano, Peter Dutton, cuando dice que Nauru es “seguro” para las personas refugiadas?

Pero el uso del doblepensar no termina aquí.Por ejemplo, Australia afirma que las personas refugiadas que se encuentran en Nauru son responsabilidad de las autoridades de la isla. Sin embargo, es la propia Australia la que ha impedido que esas mismas personas acepten ofertas de reasentamiento de un tercer país: Nueva Zelanda.

Además, el gobierno australiano, en respuesta a los miles de informes filtrados sobre incidentes publicados recientemente por The Guardian, ha dicho que esos documentos –que plasman una imagen devastadora de un sistema defectuoso y una desatención deliberada– demuestran lo contrario: que su sistema de denuncias de incidentes es sólido.

Al parecer, en la nebulosa del discurso del gobierno australiano sobre las personas refugiadas, “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”.

Jane, que fue una de las muchas personas valientes que se arriesgaron a ser procesadas penalmente para proporcionar información sobre Nauru, ha visto más allá del doblepensar oficial. Por el bien de los casi 1.200 hombres, mujeres, niños y niñas atrapados en Nauru, ya es hora de que otras personas sigan su ejemplo.

Pero, de manera más general, es preciso sacar urgentemente a la luz la farsa “salvavidas” apoyada por el gobierno australiano: demostrar la mentira que es y desmantelarla. El argumento de que el fin justifica los medios conduce a una senda muy tenebrosa: una senda que, en comparación, haría palidecer 1984.