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© Amnistía Internacional/Forensic Architecture

“El miedo no nos abandona”: sobrevivir en una cárcel de tortura siria

Hussam (nombre ficticio), activista pacífico, sobrevivió 20 meses en Saydnaya, una de las cárceles de Siria más atroces. Ahora está recluido en otro lugar y escribió esta carta para intentar describir el “infierno diario” que soportó.

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Lo que te cuento no es ficción y no te lo cuento para que te compadezcas.

Desde nuestro sótano oscuro donde no llega la luz del sol, elevamos la voz y buscamos el eco. Te lanzamos un llamamiento para que detengas la sangría de vidas de hombres y mujeres jóvenes de Siria. Para que detengas el fuego que consume su juventud en las cárceles y centros de detención del presidente Al Asad.

Este no es su sitio. No han nacido para ser meros trozos de papel en manos de Al Asad y su régimen dictatorial ni leña que avive el fuego del odio y la sed de venganza —simplemente porque soñamos con una nación digna que salvaguardase nuestros derechos—.

Escribo para recordarte que se han perdido miles de almas y que se siguen perdiendo. Para hablarte de nuestra dignidad reprimida, de las muertes gratuitas presentes en cada átomo del aire que nos rodea, en el agua que bebemos, en la vara del guardia penitenciario que se come lo que queda de nuestra piel y cuerpo, en nuestros cuerpos débiles y enjutos.

No encuentro palabras cuando intento describir el infierno que vivimos a diario, que termina con uno de nosotros muerto, envuelto en una manta. Un infierno en el que las opciones que tienes son una muerte rápida a manos del interrogador, a quien no le gusta lo que dices, o una muerte lenta dentro de una jaula que poco a poco te consume el cuerpo.

Incluso después de salir de la cárcel, el miedo no nos abandona: miedo de regresar a Saydnaya, por los nuevos que entran, por las amistades que dejas atrás, del ruido de las verjas de metal y los gritos que no me abandonan hasta que me quedo dormido. Miedo de nuestros desplazamientos al tribunal, del frío, las enfermedades, el hambre que no es comparable a ninguna otra hambre. Sobrevivimos a base de cáscaras de huevo, la piel de las naranja si la encontramos, incluso tierra.

Se nos ha puesto a prueba con el hambre más extrema. Nos tiran comida delante de nosotros, pero no podemos coger ni siquiera una miga de pan. No nos atrevemos a tocarla, pues el castigo dependerá del humor que tenga el guardia.

Nos pusieron a prueba con la sed, hasta que los labios se nos quedaron pegados y no podíamos separarlos. Y luego vimos que mueres si te quejas de tu enfermedad o pides medicamentos.

Nuestro cuerpo se debilita y lo inunda la enfermedad. Que te hayas librado de la tuberculosis no significa que no puedas padecer diarrea, sarna o abscesos.

Dimos el último adiós a muchas de nuestras amistades y esperamos a que nos llegara nuestro turno en cualquier momento. A veces invocábamos a la muerte porque así acabaría todo.

Y vivimos todo esto sin que nadie supiera dónde estábamos, sufriendo en las frías noches de Saydnaya, y sin que nadie escuchara nuestros gritos cuando el látigo iracundo se ceñía sobre nuestro cuerpo.

Cuando me trasladaron de Saydnaya a otra prisión, comenzó para mí una nueva vida. Por eso te pido, en mi nombre y en el de mis amigos detenidos, que dediques todos tus esfuerzos a rescatar a todas las personas detenidas. Y que pongas fin a este régimen criminal que sigue manteniéndonos recluidos, y también a nuestras amistades, en centros de detención durante cinco años consecutivos, sometidos a un dolor indescriptible.

Un dolor que no se va.

Uno que continúa detenido.

Amnistía Internacional recibió esta carta a través de Save the Rest, una campaña siria de derechos humanos que gira en torno a los asuntos de la detención arbitraria y las desapariciones forzadas

TERMINEN DE UNA VEZ CON EL HORROR EN LAS CÁRCELES SIRIAS

Pide a Rusia y a EEUU que empleen su influencia para que se permita a los observadores independientes investigar las condiciones en las prisiones de Siria.

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