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© Mohamed Hosny

Egipto: Mahienour no teme a las prisiones

“¡Mahienour al-Massry pisa el asfalto!” Parecía que los trámites para su puesta en libertad no iban a terminarse nunca. Dos días estuvieron esperando a la defensora de derechos humanos en Alejandría, entre el júbilo del próximo encuentro y el temor a que la retuvieran.

El 13 de agosto, ahí la tienen; todos quieren abrazar a Mahienour. Acaba de pisar el asfalto y ya está gritando: “Libertad para los presos”. Entre abrazos, no deja de cantar, exultante, con la determinación de siempre: “sacad a nuestros hermanos y hermanas de las celdas!” Ni siquiera presa ha dejado de luchar por los derechos humanos. Se la ve demacrada; ha estado en huelga de hambre en solidaridad con una reclusa a quien la dirección de la prisión prohibió ver a sus hijos.

“No nos gustan vuestras cárceles, pero no les tenemos miedo”, escribió Mahienour. Es su segundo encarcelamiento con el gobierno de Abdel Fattah al-Sisi por “manifestación ilegal” y “desorden público”. En 2014, cumplió seis meses de prisión por exigir justicia ante el tribunal que juzgaba a dos oficiales de policía, acusados de matar a golpes al joven Khaled Said. Acaba de pasar un año y tres meses en las cárceles de Damanhour y de Al Qanater por protestar ante una comisaría de Alejandría, cuando le impidieron asistir como letrada a un interrogatorio.

No hay lucha sin Mahienour

En su ciudad, Alejandría, no hay lucha importante en que no participe. Desaparecen jóvenes, los busca en el laberinto carcelario. Se tortura en comisarías; tribunales militares juzgan a civiles, ahí está Mahienour. Frente a la especulación inmobiliaria, defiende a los más pobres contra los desalojos. Reclama el derecho a disfrutar del espacio público y del patrimonio que arrasan las excavadoras. Anima a las mujeres a luchar por sus derechos y libertades. Con la llegada de las primeras familias sirias, Mahienour crea la Red de Solidaridad con los Refugiados. Dicen que nunca está satisfecha. Cree que no hace lo bastante.

“Ya no nos siguen”, lamentan los jóvenes que trajeron la primavera a Egipto y ahora con el gobierno de al-Sisi son encarcelados ante la indiferencia casi general. Aunque Mahienour es una de ellos, discrepa: “la gente siente que nos hemos aislado y no nos importan sus problemas. No debemos luchar sólo por la libertad de unos cuantos, mientras volvemos la espalda a la gente que lucha por sobrevivir. Deberíamos gritar: libertad para los pobres”, escribió desde la cárcel.

No quiso que se hiciera campaña por su libertad ni que se hablara de las durísimas condiciones en que estaba recluida. “Hablad de las presas desconocidas y olvidadas”, pedía Mahienour. En la prisión de Damanhour, convivió con veintisiete mujeres, durmiendo por turnos a falta de espacio. Encerradas la mayor parte del día, en una celda insalubre, ya se lo habían contado todo. Sólo tenían agua cuatro horas al día para asearse, cocinar y lavar la ropa.

Sin ventana al mundo

Las presas no le cuestan nada al Estado; viven de lo que sus familias les traen en las visitas. Muchas no tienen recursos para comprar en el economato de la prisión. Cuando en octubre de 2015, la dirección prohibió llevarles alimentos, Mahienour denunció el hacinamiento y los abusos en la cárcel de Damanhour, con el apoyo de Amnistía Internacional. Como castigo, le prohibieron recibir libros y cartas. Le cerraron temporalmente su ventana al mundo.

En la cárcel, ha conocido a mujeres que cumplen penas de catorce años por no haber devuelto un pequeño préstamo, mientras se condena al antiguo presidente Hosni Mubarak sólo a tres por corrupción. Se endeudaron por el ajuar de una hija o el tratamiento médico de un marido enfermo. Muchas son el único sostén familiar. Algunas llevan años sin ver a sus hijos. Mientras estuvo en prisión, Mahienour redactó apelaciones. Lleva la abogacía en la piel.

“Ser abogada te abre los ojos ante la injusticia. Has de elegir entre servir a la Justicia, o a la Ley contra los intereses del pueblo. En Egipto, se promulgan leyes para silenciar a la gente y privarla de sus derechos. Los abogados hemos de ser el escudo de las personas marginadas y la voz de quienes no tienen voz”, declaró al recibir el premio internacional Ludovic Trarieux de derechos humanos.  “Para el presidente al-Sisi, el peor enemigo somos los defensores y defensoras de derechos humanos, en particular los abogados”. Por su compromiso por los derechos humanos, la encarcelaron, pero no la doblegaron.

Alegría parcial

“Mi alegría no es total. No concibo la libertad como algo personal; con que una persona esté en prisión injustamente, es como si todos nosotros estuviéramos encarcelados”, explica con la libertad recién estrenada. En Egipto, la represión de la disidencia política ha llevado a más de 34.000 personas a la cárcel, a la espera de ser juzgados o cumpliendo condenas tras juicios injustos. “La cárcel no nos desalienta; todo lo contrario, refuerza nuestra convicción de que hemos escogido el camino correcto”.

Hoy estamos de fiesta porque esta mujer valiente recobra la libertad. “No tendremos miedo y no perderemos la esperanza, porque la gente merece una vida mejor”. En Egipto, las defensoras y los defensores de los derechos humanos, como Mahienour al-Massry, sufren una represión implacable. Necesitan nuestro apoyo y se lo vamos a dar. Contamos con vosotros.

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