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Sanaa Saif y Yara Sallam se abrazan a la salida de la prisión. © Roger Anis vía facebook

Egipto: Indultando a personas inocentes

Rocío Lardinois de la Torre, ETP norte de África en Amnistía Internacional, 

Yara Sallam, sonriente, celebra la libertad contemplando las estrellas, tumbada sobre el asfalto. Es el 23 de septiembre de 2015. Yara acaba de ser indultada por el presidente de Egipto Abdel Fattah al-Sisi. La defensora de derechos humanos llevaba más de un año en la cárcel de mujeres de al-Qanater, al norte del Cairo, por un delito que no debería serlo: haberse manifestado.


En junio de 2014, la policía dispersa una marcha de solidaridad con conocidos opositores, encarcelados por desafiar la Ley sobre Protestas, que en la práctica prohíbe las manifestaciones. Policías de paisano detienen a Yara Sallam; poco importa que no participara en la marcha. Yara trabaja en una organización de derechos humanos y eso les basta. Para el gobierno egipcio, las personas como Yara son una amenaza. Yara, con veintinueve años, es una defensora de derechos humanos muy conocida. Ha sido premiada internacionalmente por su labor por los derechos de las mujeres.

Más de ochenta mil personas firman la petición en línea por la liberación de Yara. En una carta a Amnistía Internacional, Yara lo cuenta así: “a quienes me escribisteis y os movilizasteis por mi libertad, quiero que sepáis lo importantes que fueron vuestros esfuerzos”.


Yara y otras veintiuna personas comprometidas con la democracia en Egipto son condenadas a tres años de cárcel, reducidos a dos en apelación. Los cargos son rocambolescos: “vandalismo”, “uso de la fuerza para atemorizar”, y el infame “manifestarse sin autorización”. La condena es una advertencia: no se tolerará ninguna oposición.

“Creo en el movimiento internacional de los derechos humanos, que nos permite unirnos en solidaridad y luchar unos por otros”
, había dicho Yara en una charla en Madrid. Y esa misma solidaridad internacional se moviliza por su liberación. La campaña de Amnistía Internacional de presión ante el gobierno egipcio es multitudinaria.

Más de ochenta mil personas firman la petición en línea por la liberación de Yara. En una carta a Amnistía Internacional, Yara lo cuenta así: “a quienes me escribisteis y os movilizasteis por mi libertad, quiero que sepáis lo importantes que fueron vuestros esfuerzos”.

¡Yara Sallam ha sido liberada! ¡Y los periodistas de Al Yazira Baher Mohamed y Mohamed Fahmy! Alegría por quienes recobran la libertad y tristeza por quienes siguen en prisión. Sólo hay cien nombres en la lista del indulto. El presidente de Egipto no perdona a los jóvenes opositores que en 2011 alentaron las revueltas contra la dictadura de Hosni Mubarak. Siguen en la cárcel.

El indulto es agridulce. Se perdona a quienes nunca debieron ser condenados por expresar libremente su descontento. Miles de jóvenes han sido encarcelados por oponerse al gobierno pacíficamente.

La primavera egipcia ha dado paso a un rudo invierno. La represión política es implacable. Las violaciones de derechos humanos son masivas. Dan fe miles de detenciones sin motivo, juicios injustos, cientos de condenas a muertes, tortura, desapariciones, juicios militares contra civiles y el acoso a quienes critican al gobierno. El indulto no es más que un gesto de cara a la galería.

Poco después, el presidente de Egipto acude a la Asamblea General de la ONU en Nueva York. Se le recibe como el valedor de la estabilidad en Oriente Medio. A cambio de sustanciosos contratos de armamento, Egipto compra el silencio de otros gobiernos.

Yara Sallam contempla el cielo estrellado. El hueco que los indultados han dejado en las cárceles, lo llenarán muy pronto otros jóvenes. Yara lo sabe. A los jóvenes que protestaban contra la dictadura de Hosni Mubarak los llaman “la generación de las cárceles”.

“Os necesitamos”, nos escribía Yara tras su indulto, “para que cientos de presos de conciencia sean liberados”. En Egipto, quienes aman la libertad, como Yara, no se rinden. Desde Amnistía, ¡seguimos apoyándoles!