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© AP Photo/Manu Brabo

Egipto: Aquel maldito 14 de agosto

Rocío Lardinois, Estructura de Trabajo Norte de África, Amnistía Internacional, 

Disparan al final de la calle. Hemos aprendido a distinguir las detonaciones de los petardos de fiesta. No circulan casi coches por el puente del Seis de Octubre, que cruza El Cairo de parte a parte. El 14 de agosto de 2013, por la mañana, las calles están inusualmente vacías. Un grupo de hombres corre calle arriba. “Ya han entrado en Rabaa", pienso. "No hay marcha atrás”.

En sólo un año de gobierno, los Hermanos Musulmanes han soliviantado a una gran parte de la población, por su despotismo, sus titubeos políticos y un monumental fracaso económico. El 3 de julio, el general Abdel Fattah al-Sisi, ministro de defensa, destituye al presidente Mohamed Morsi. Desde entonces, los Hermanos Musulmanes mantienen dos sentadas de protesta en el Cairo, una reducida junto a la universidad, y otra multitudinaria, en la plaza de Rabaa Al Adawiya.

Enciendo la televisión. Humo, plásticos y tiendas de campaña apisonadas. Cuando la televisión congela la imagen, algo terrible está sucediendo. Desde que el ejército retomó el poder el 3 de julio, la propaganda televisiva lleva preparándonos para una tragedia. En un juego de palabras, los Hermanos ya no son musulmanes, sino criminales. No son ciudadanos, no son egipcios; no aman a su país. Son un tumor maligno que hay que extirpar. “Si no abandonan la plaza de Rabaa Al Adawiya, han de asumir las consecuencias”, pregona el nuevo gobierno. 

Un defensor del presidente egipcio Mohammed Morsi con madera para quemarla en una barricada en la plaza de Rabaa Al-Adawiya. © AP Photo/Manu Brabo

“Asesinos, matáis a vuestros hermanos”

“Asesinos, matáis a vuestros hermanos en la oración del alba”. Una pintada en la calle vocea aquello que los medios de comunicación callan y que Amnistía Internacional ha denunciado. El 8 de julio, las fuerzas de seguridad han disparado contra partidarios del presidente depuesto, tras el rezo de la madrugada, matando a más de cincuenta personas. Los Hermanos Musulmanes siguen manifestándose, indiferentes a la hostilidad creciente, mientras su liderazgo se niega a levantar los campamentos.

La plaza de Rabaa Al Adawiya es un cruce de carreteras, bordeado de edificios militares. No hay escapatoria. El fotógrafo de prensa Shawkan, está allí. En una carta a Amnistía Internacional, lo cuenta así: “era como estar en una guerra; balas, gas lacrimógeno, fuego, policía y tanques por todas partes. Vi a hombres armados tomar la plaza. Tras identificarme ante la policía como reportero gráfico, me detuvieron”. Apostados en edificios colindantes, francotiradores disparan a los manifestantes. Desde entonces, Shawkan está en prisión, acusado de asesinato y de posesión de armas, pero su único “delito” fue fotografiar la represión sangrienta de una manifestación.

EGIPTO: #FREESHAWKAN

pide la liberación inmediata de Shawkan, ya que es un preso de conciencia detenido exclusivamente por su trabajo de periodista.

¡actúa!

Como en las guerras, al día siguiente se cuentan los muertos. Hay filas de cuerpos amortajados en las mezquitas. Las familias hacen cola en un colegio convertido en morgue. “Busco a mi hermano. Sus amigos me han dicho que le dispararon en la cabeza y aún no lo he encontrado”. El hombre habla con calma como si estuviera en un sueño, para el canal Al Jazeera, que el gobierno cerrará poco después. Grupos de mujeres buscan en las listas un nombre que no quieren encontrar, una hermana, un marido, un padre, una hija. ¡Que estén detenidos, hasta heridos, pero no muertos!

Nadie rinde cuentas

Nunca se sabrá cuántas personas murieron en Rabaa Al Adawiya, unas seiscientas según el gobierno; más de novecientas, aseguran las organizaciones de derechos humanos. Nadie ha rendido cuentas por lo sucedido. No mataron a los manifestantes de Rabaa con armas “made in Egypt”. Los gobiernos de la Unión Europea acordaron congelar las exportaciones de armas a Egipto que pudieran ser utilizadas en la represión interna. Doce países lo han incumplido; España es uno de ellos.

El odio salta en las conversaciones como un ave de presa. “Si lo apruebas tú también tienes sangre en las manos. En vuestro nombre lo han hecho. En Rabaa, había gente como tú y como yo”. En Egipto, muchos justifican lo sucedido. “Se lo han buscado, tenían que haber dejado la plaza. Ellos o nosotros”. Las masas enfebrecidas bendicen al general al-Sisi, mientras una parte del país está de luto. Egipto está más dividido que nunca. “Esa sentada de los Hermanos no era pacífica, con todos esos eslóganes de odio”. Hay tres Egiptos, el que apoya a los Hermanos Musulmanes, el que respalda al ejército y una minoría que no está ni con unos ni con otros. Por denunciar la muerte de manifestantes, las organizaciones independientes de derechos humanos egipcias se convierten en traidoras.

 Rabia Sign en una marcha de protesta en agosto de 2013 © H. Elrasam for VOA

El 14 de agosto de 2013, Egipto abre la caja de los truenos y aún no ha logrado cerrarla. En un furgón policial, treinta y siete hombres, detenidos en la dispersión de la manifestación, golpean las paredes pidiendo agua. Un oficial de policía les lanza un bote de gas antidisturbios y se hace el silencio. Al final de la calle, ciudadanos corrientes patean a los manifestantes caídos al suelo. En represalia, arden las iglesias en el sur del país.

Después de Rabaa, la represión apisonará a los Hermanos Musulmanes y luego a los jóvenes de izquierdas que habían soñado con un Egipto democrático. Más adelante, conforme crezca el descontento con el gobierno de al-Sisi, empezarán a desaparecer ciudadanos corrientes, secuestrados y torturados por las fuerzas de seguridad hasta confesar delitos que no cometieron. A falta de éxitos económicos y políticos, al-Sisi gobierna con el terror.

PRESIDENTE AL-SISI, ¡ANULE LAS CONDENAS A MUERTE DE 8 JÓVENES!

Su juicio fue injusto y han denunciado torturas para que confesaran.

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Busco fotografías sobre lo sucedido en Rabaa. Una mujer mayor se interpone entre un buldócer y un manifestante herido. “Vinimos juntos, teníamos que volver a casa juntos”, dice un chico junto a su hermano muerto. De la calle, sube el murmullo de El Cairo y una canción que dice: “Que Dios bendiga al ejército de Egipto”.