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Clausura de la Cumbre Mundial de Defensores y Defensoras de Derechos Humanos 2018. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI

Cuatro nombres, infinitas historias

Por Ana Gómez Pérez-Nievas (@paisdejarl), responsable de Medios en Amnistía Internacional,

En el taxi, de camino a la última entrevista del día, cierra los ojos y una lágrima resbala por su mejilla. Es solo cansancio, asegura, moviendo la cabeza. Pero imagino que no tiene que ser fácil hablar de cómo asesinaron a tu hermana. Tampoco lo es para Matthew, que en perfecto pero lento castellano cuenta cómo vio explotar la bomba que acabó con la vida de su madre. O para Lolita, que asegura que su mayor reto ahora mismo es que no la maten. O para Nurcan narrar, casi entre bromas, la obsesión que le entró con que no estropearan la puerta de su casa los 20 policías con kalashnikov que irrumpieron en ella para detenerla por denunciar en redes sociales la operación turca Afrin en Siria.

Brasil, Malta, Guatemala, Turquía. Son lugares, como tantos otros, peligrosos para defender los derechos humanos: en 22 países se asesinaron a activistas en 2016. Lo saben los más de 160 defensores y defensoras de derechos humanos que se han congregado en París durante tres días para hablar de sus vidas: de cómo conseguir que alzar la voz por las injusticias deje de ser arriesgado. De cómo impedir que los Estados sigan acortando el espacio democrático, reprimiendo la libertad de expresión, elaborando leyes que los conviertan en terroristas. De cómo las mujeres o las personas LGBTI+ sufren diversas formas entrecruzadas de discriminación. O que las empresas dejen de explotar, a costa de sangre y exilio, unos territorios que, como dice Lolita, “no son dinero, son vida”. Todos y todas son muy diferentes: visten, hablan, sonríen, se expresan de manera particular, pero, sin saberlo, comparten algunas cualidades y nombres.


Lolita, defensora guatemalteca. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI

La humildad

La primera pregunta es básica: ¿qué significa ser un defensor de derechos humanos? Nadie sabe responderlo tan bien como Lolita: “Los derechos humanos son expresiones de justicia, de libertad, de una convivencia armónica en la comunidad”.

Esta guatemalteca de 46 años y la carcajada siempre al acecho conoce las consecuencias de este activismo: “Yo no puedo volver a mi país porque estoy judicializada, criminalizada y perseguida, me han intentado matar varias veces. Volver a mi territorio es uno de mis mayores retos a nivel personal. Pero también lo es que mi pueblo, logre el derecho de convivir sanamente con las montañas y con las aguas”. América Latina sigue siendo uno de los lugares más peligrosos para estas personas, especialmente para quienes defienden los derechos de la tierra: más de la mitad de los homicidios de defensores y defensoras en 2015 y más de tres cuartas partes de los registrados en 2016 se cometieron en las Américas, según Front Line Defenders.


Nurcan Baysal, en el centro de la foto. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI

Sin embargo, autodenominarse defensor o defensora no siempre es fácil para ellas: a pesar de toda una vida dedicada al activismo y la libertad de expresión y prensa, Nurcan Baysal, periodista kurda, nunca pensó que era una defensora de derechos humanos, hasta que un amigo se lo hizo saber, comenta entre risas. Con esa modestia lo explica esta mujer, que lleva 20 años en tareas tan duras como ayudar a que mujeres yazidíes violadas y traumatizadas tuvieran acceso a servicios de salud mental y sexual (algunas se quedaban embarazadas tras las violaciones, por eso y otras necesidades creó la Plataforma para Salvar a Mujeres Yazidíes), ha ayudado a retirar de las calles cadáveres en descomposición que las autoridades no permitían enterrar, tras las operaciones turcas en territorio kurdo de 2015 cuando el proceso de paz colapsó y los enfrentamientos recomenzaron, y ha denunciado, sin importarle las dos causas que tiene pendientes por atreverse a ello, crímenes de guerra contra la población civil tanto en zonas kurdas de Turquía como de Siria. “ Yo no planeaba tomar un papel tan activo, incluso ahora cuando leo lo que escribía me pregunto si esa era yo porque parecen gritos, más que artículos, gritos de '¡Eh! ¿Dónde estáis? ¡Están matando a la gente, hay niños atrapados!' Pero en los medios turcos el único titular era: 'El Estado lucha contra los terroristas'”, lamenta.

La energía

Algo que comparten todas las personas que dedican su vida a denunciar las injusticias es que les mueve una corriente eléctrica especial, que parece aportarles energía para aguantar charlas, entrevistas, viajes, sin rechistar. Un resorte que, alegan, que suele estar impulsado por herencia (“de ancestras”) y observación: no te puedes quedar mirando impasible cuando están vendiendo o asesinando a mujeres cerca de ti, te rodea la impune corrupción o tu país comete asesinatos de civiles.


Anielle Franco. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI

Sobre todo cuando la inspiración está tan cerca como una hermana. Pero Anielle Franco, brasileña como su hermana Marielle, concejala negra y bisexual asesinada el pasado mes de marzo en Río de Janeiro, también es activista, militante de 100 Black Women, National Association of black journalists. Anielle, que no pierde la sonrisa a pesar del cansancio y una gripe que arrastra, asegura que le mueve también el mundo que va a dejar a su hija, especialmente tras la atroz victoria de Bolsonaro: “Tengo miedo pero no solo por Bolsonaro, sino también por todos los que le siguen y porque ha dicho a los militares que tienen derecho a matar si ven a algún sospechoso. Yo puedo ser una sospechosa, tú puedes serlo, cualquiera. Así que Brasil se puede convertir en lugar lleno de sangre. Y hemos sido marcados como la familia de Marielle, como opositores del gobierno, así que estoy realmente asustada”, asegura, mientras sigue alzando su voz en París.

 

La soledad

“A mí madre la mataron porque estaba sola denunciando la corrupción en Malta. No nos dimos cuenta de que la situación era mucho peor de lo que imaginábamos, que nadie en el Estado estaba haciendo su trabajo para luchar contra la corrupción, ella lo hacía completamente sola, y por lo tanto en una posición mucha vulnerabilidad”, explica Matthew Caruana Galiza. Este periodista, ganador del Pulitzer no tiene actualmente un lugar al que llamar hogar. Su casa son todos aquellos espacios donde quieran escuchar la historia de su madre, Daphne Caruana, reputada periodista de investigación asesinada en Malta. “Yo lo único que hago es ser testigo, no solo de lo que le pasó a mi madre, sino de lo que sucede en Malta. Porque mi madre no fue atropellada, no tuve un accidente o una enfermedad. La mataron mediante una bomba, en su coche, en pleno día, enfrente de nuestra casa, y esa forma de matar es una muestra de la impunidad total con la que viven”, relata sin que se advierta en él todo el dolor de un acto del que encima fue testigo directo.


Matthew Caruana con su madre, defensora asesinada por denunciar la corrupción en Malta. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI

La osadía

“Simplemente ser mujer negra, ser del tipo de persona que cada siete minutos sufre algún tipo de violencia sexual en mi país, ya es difícil”, declara, con una poderosa mirada de ojos oscuros, Anielle. Los riesgos no son pocos: 312 personas fueron asesinadas por defender los derechos humanos en 2017, el doble de las que lo fueron en 2015. Aunque la muerte es la peor de las consecuencias, hay otras por el camino: la detención es una de ellas.

Al principio le pareció un terremoto. Después, que comenzaba otro bombardeo o algunos disparos. Cuando has vivido un conflicto que todavía no está completamente resuelto no es tan raro. Por fin se dio cuenta: estaban intentando tirar su puerta abajo. Pero la puerta era tan fuerte que no se derrumbaba. Tras varios intentos, los muros comenzaban a agrietarse. Finalmente cayó: 20 kalashnikov le miraron, tras ellas los agentes cubiertos de máscaras de gas. Ella alzó los brazos como si con ellos pudiera proteger a sus hijos, que no querían esconderse con su padre. “No tienen derecho a entrar aquí y romper mi puerta”, dijo, siendo consciente de lo ridículo que sonaba enfrentarse a las fuerzas especiales turcas con esas palabras. Sorprendidos, los agentes le gritaron que se sentara. “No me siento”, declaró con osadía.


Acto de clausura de la Cumbre Mundial de Defensores y Defensoras de Derechos Humanos 2018. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI

Nurca Baysal ha criticado con valentía al régimen turco en varias ocasiones, pero solo dos cosas (por el momento) han conllevado procesos judiciales para ella: la primera, la publicación en 2016 de un artículo escrito tras entrar en las casas donde se alojaban los soldados turcos el día después de que se levantara el toque de queda en Cizre, Turquía. ¿Por qué tanto revuelo por ese escrito? “Porque, entre otras cosas, decía que había condones usados por todas partes, y eso mostraba la magnitud de las barbaridades que habían cometido las fuerzas turcas. Otros periodistas lo vieron, pero decidieron no escribirlo”.

La segunda, con la publicación de unos tuits que criticaban la operación turca en Afrin, Siria. “Curiosamente, la mayoría de mis tuits eran sobre la paz. Pero a veces tu existencia es un problema, simplemente por ser mujer”. Por eso, cuenta, tras recibir una oleada de críticas que escribió un último tuit: “Sí, soy yazidí, soy armenia, soy judía, soy árabe, soy kurda, soy gitana, soy LGBTI, soy todo lo que odias”. Pero la respuesta fue peor, ironiza, sin amedrentarse y a la espera del resultado del juicio: “¿Ves? El último tuit de una terrorista: es de todo excepto turca”, le contestaban en redes sociales y en los medios de comunicación.

Éstas son las historias de Anielle, Lolita, Nurcan, Matthew, que suceden en cuatro países con contextos diferentes. Pero desgraciadamente son los relatos de miles de personas que están jugándose la vida por defender los derechos humanos, sin que nadie espere durante horas en largas filas de fans frente al Espace Niemeyer para conocerles. Son cuatro pero son infinitos testimonios los que representan, y un solo mundo el que los soporte. Por eso es mejor que los acompañemos.

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A Marielle le pegaron 4 tiros

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