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Atrapados en Grecia: personas refugiadas abandonadas en condiciones terribles

Alrededor de 48.000 personas refugiadas y migrantes siguen atrapadas en territorio continental griego, muchas de ellas soportando condiciones terribles en campos administrados por el Estado, mientras las fronteras de toda Europa continúan cerradas para ellas. Miles de hombres, mujeres y menores de edad siguen enfrentándose a un futuro muy incierto, sin que apenas se les facilite información, mientras se consumen en un limbo.

Amnistía Internacional ha regresado recientemente a Grecia para visitar algunos de los campos y documentar algunas de sus historias.

Unas 1.000 personas, en su mayoría de nacionalidad afgana, viven dentro o fuera de la sala de llegadas del antiguo aeropuerto de Elliniko, en Atenas. Aquí las condiciones no han mejorado prácticamente nada en seis meses. El hacinamiento y la falta de instalaciones higiénicas dentro del edificio hacen la vida insoportable. Muchas personas, incluidos menores de edad, mujeres embarazadas y personas de avanzada edad, están durmiendo en tiendas de campaña en el exterior del edificio para tener un poco de intimidad.

© Amnistía Internacional/Giorgos Moutafis

Zeinab y su madre, Pari, son refugiadas de Afganistán. A Pari le han diagnosticado demencia. Al no encontrar otro lugar donde quedarse en Atenas, la familia está durmiendo a la intemperie en el exterior del antiguo aeropuerto de Elliniko.

© Amnistía Internacional/Giorgos Moutafis

Ismael tiene tres años de edad y vive en una tienda de campaña en el exterior del antiguo aeropuerto de Elliniko, en Atenas, con su padre, su madre y dos hermanos mayores. La familia huyó de la guerra en Afganistán. Niños y niñas como Ismail pasan la mayor parte del tiempo en el exterior de este edificio abandonado, que está lleno de peligros en materia de seguridad e higiene.

© Amnistía Internacional/Giorgos Moutafis

Alrededor de 1.000 refugiados y migrantes continúan en el puerto de El Pireo, en Atenas. Muchos están viviendo bajo un puente y contaron a Amnistía Internacional que las noches son muy oscuras y no se sienten seguros.

© Amnistía Internacional/Giorgos Moutafis

“Vinimos aquí para ver respetados nuestros derechos humanos. Esperábamos enviar a nuestros hijos a la escuela y aquí estamos, viviendo en el infierno.” Shiri es la primera mujer por la izquierda de esta familia kurda que huyó de la guerra en Siria. Llegaron a Europa el 20 de marzo, sólo dos días después de la entrada en vigor del acuerdo de la Unión Europea con Turquía. Estuvieron un mes detenidos en Lesbos pero, debido a enfermedades crónicas de algunos miembros de la familia, quedaron exentos de ser devueltos a Turquía. Al llegar a Atenas, no encontraron otro lugar donde asentarse que aquí, en el puerto de El Pireo.

© Amnistía Internacional/Giorgos Moutafis

Kosar viajó hasta Grecia desde Pakistán con su hermano, su cuñada y su sobrina de un año de edad, que aparece en la fotografía. Explica que huyeron de las bombas en su país y que quieren quedarse en Grecia. Pero, por ahora, duermen a la intemperie bajo un puente en el puerto de El Pireo. Asegura que nadie les ha ofrecido un alojamiento mejor.

© Amnistía Internacional/Giorgos Moutafis

“Salí huyendo de la muerte. Vine a Europa porque no teníamos elección.” Hassan, de Siria, lleva ya cinco meses durmiendo al aire libre en el puerto de El Pireo. Contó a Amnistía Internacional que había sido torturado en Siria y tuvo que irse.

© Amninstía Internacional/Giorgos Moutafis

Nadia y Hassan, y su amigo Mohamed, pasan mucho tiempo juntos. Los tres son sirios y se conocieron en el puerto de El Pireo, en Atenas. No saben qué va a ser de ellos. Han intentado trasladarse a otros campos para vivir en contenedores en lugar de tiendas, pero han sido rechazados porque todas las plazas estaban cubiertas.

© Amnistía Internacional/Giorgos Moutafis

El campo de refugiados de Malakasa está situado a 40 kilómetros de Atenas. Unas 1.000 personas están atrapadas aquí, la mayoría procedentes de Afganistán. El campo está aislado de todo. Muchos no pueden pagarse un billete de tren a la ciudad y, por tanto, llevan dos o tres meses sin moverse del campo. Han contado a Amnistía Internacional: ”Aquí no hay nada que hacer, no es seguro. Hemos visto serpientes, y de noche no hay ninguna luz.”

© Amnistía Internacional/Giorgos Moutafis

Eltaf tiene siete años y es de Afganistán. Está atrapado en el campo de refugiados de Malakasa, donde no hay escuela. Está intentando aprender inglés con ayuda de algunos voluntarios y ONG que visitan el campo.

© Amnistía Internacional/Giorgos Moutafis

 

El campo de refugiados de Softex está situado en la zona industrial de Sindos, cerca de Salónica. Alberga a más de 1.800 personas procedentes de Siria, Irak, Afganistán y Marruecos, de las que 500 son menores de edad. Dividida en secciones con alambrada de espino, parece una prisión. Las condiciones son penosas y los refugiados suelen encontrarse serpientes cerca de las tiendas. Aquí la gente teme por su seguridad ya que todos los días hay episodios de violencia, y las mujeres viven con el temor a la agresión.

© Amnistía Internacional/Richard Burton

 

“Morimos 100 veces cada día; aquí el aire no es bueno, la comida no es buena, hay infecciones. Ni los animales podrían vivir aquí.” Yousif Ajaj es de Siria, tiene 26 años y está viviendo en el campo de refugiados de Softex con su esposa, que está embarazada de cuatro meses. Dijo a Amnistía Internacional: “Sólo quiero llegar a un lugar donde mi hijo pueda crecer sano y salvo”.

© Amnistía Internacional/Richard Burton

Fidan tiene 52 años y es una kurda siria de Alepo; en la fotografía aparece con Diana y Amer, dos de sus cuatro hijos, en el campo de Sinatex. Su esposo tiene reconocida la condición de refugiado en Alemania, pero no sabe cuándo podrá reunirse con él. Cuando habló con Amnistía Internacional, Fidan no podía contener las lágrimas: “La vida en Siria [antes de la guerra] era maravillosa. Mi esposo conseguía de todo para mí y para mis hijos... Es difícil la vida en los campos, y encima sin mi esposo.” Ninguno de los cuatro hijos de Fidan ha podido ir a la escuela desde hace varios años. Diana nos contó: “Tuve que dejarlo por la guerra [...] Había francotiradores cerca de mi escuela. No sé leer ni escribir.”

 © Amnistía Internacional/Richard Burton

 

“Huí de la guerra para encontrarme con la guerra aquí.” Salwa al Aji tiene 38 años y es una maestra de Damasco que ahora vive en el campo de Softex. Viajó con tres de sus hijos y con su esposo, que no puede caminar debido a una hernia discal. Ha intentado ayudar a montar una escuela en el campo, pero no hay libros, y además tiene miedo de las peleas que estallan a diario. Nos dijo: “Yo no quería irme de Siria, pero nuestra casa fue destruida... Mi esposo está muy enfermo y necesita una operación, pero aquí no pueden hacérsela”.

© Amnistía Internacional/Richard Burton

Yusuf Adaas, de 47 años y profesión sastre, resultó herido en Alepo y perdió la pierna derecha. Vive en el campo de Nea Kavala con su esposa y sus tres hijos, y desea ir a Alemania para someterse a una operación quirúrgica. La vida en este campo, en silla de ruedas, le resulta sumamente difícil. No obstante, afirma que la consecuencia más dolorosa de la guerra es que sus hijos lleven seis años sin poder ir a la escuela, y nos dijo: “El conocimiento es como un diamante; nunca tienes suficiente”.

© Amnistía Internacional/Richard Burton

 

“Vivir seis meses en tienda de campaña, primero en Idomeni y luego en Sinatex, es suficiente.” Email Hussen tiene 29 años y es un médico kurdo de Siria que huyó para no ser reclutado con el fin de combatir en la guerra. Viajó de Siria a Grecia con su madre, pero se siente aislado. Dijo a Amnistía Internacional: “Quiero irme de Grecia, quiero reunirme con mis hermanos. Los echo tanto de menos. Echo de menos los tiempos en que vivíamos a salvo en Siria”.

© Amnistía Internacional/Richard Burton

Didar y Fatma son una pareja de kurdos sirios de Alepo que ahora viven en el campo de refugiados de Softex. Fatma está embarazada de cinco meses, así que Didar recorre todos los días en bicicleta el trayecto de 40 minutos hasta Salónica para traerle alimentos sanos. Comparten tienda de campaña en el interior de un almacén mal iluminado con la madre y el hermano de Fatma. Didar contó lo siguiente: “En Idomeni las condiciones de vida eran malas, pero no tan malas... [En Idomeni] estabas en el bosque a solas y nadie podía verte ni tocarte. Podías cambiar la tienda de sitio... en Softex, es como un cuartucho.”

© Amnistía Internacional/Richard Burton