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© Giorgos Moutafis

Atrapadas en Quíos

Casi 8.500 personas refugiadas, solicitantes de asilo y migrantes, llegadas tras la entrada en vigor el 20 de marzo del acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, se encuentran atrapadas en las islas griegas. Muchas temen el peligro inminente de ser devueltas a Turquía, que suscita abundantes motivos de preocupación por su seguridad. La mayoría languidece en unas condiciones de vida terribles, en medio de un procedimiento de asilo dolorosamente lento y opaco.

La justificación principal del acuerdo UE-Turquía era la presunción de que Turquía es un país seguro al que devolver a las personas refugiadas y solicitantes de asilo. Pero la investigación de Amnistía Internacional ha mostrado que, a finales de 2015 y principios de 2016, Turquía devolvió a personas solicitantes de asilo y refugiadas a los conflictos de Afganistán, Irak y Siria, y que la protección concedida a las personas sirias en Turquía dista mucho de cumplir las normas internacionales, y es aún peor para las personas de otras nacionalidades.

Esta galería fotográfica documenta apenas un puñado de entre los cientos de familias y personas que actualmente se encuentran atrapadas en la isla de Quíos, principalmente.

TURQUÍA NO ES UN PAÍS SEGURO.

 

Actúa y pide a las autoridades griegas que detengan la devolución de personas refugiadas a Turquía.

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Las condiciones en Dipethey otros campos de Quíos son vergonzosas: los refugiados y sus familias duermen a la intemperie, expuestos al calor y la lluvia. Pese a los esfuerzos de los voluntarios, los alimentos no alcanzan y las condiciones higiénicas son terribles. © Giorgos Moutafis

 La mayoría de las personas abandonadas a su suerte en las islas griegas son familias, entre ellas muchas madres que viajan solas con sus hijos. Pese a que las condiciones de vida son miserables, a menudo su mayor fuente angustia es la falta de información. El procesamiento de las solicitudes de asilo es dolorosamente lento y abundan rumores que las hacen temer por su futuro.
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Los niños y niñas volverán a dormir al raso esta noche en Quíos y en otras islas griegas, pero al menos están con sus familias. Otros niños y niñas deambulan solos por las calles de Quíos, desprotegidos y expuestos a toda clase de peligros. Según cifras de la ONU, los niños y niñas representan casi el 40 % de las personas refugiadas y migrantes que llegan a Grecia.
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Hani, de Siria, tiene 31 años y llegó a la isla griega de Quíos el 20 de marzo, día en que entró en vigor el acuerdo UE-Turquía. Abandonado allí a su suerte desde entonces, duerme al raso junto a otras familias en el campo informal de Dipethe. Su familia sigue en Siria. “Los llamo todos los días para comprobar que siguen vivos”, dijo. © Giorgos Moutafis

Hani estudió económicas en Siria y sueña con terminar su máster de Derechos Humanos en Europa. Se siente agradecido por la solidaridad del pueblo griego, pero dice que el miedo a ser devuelto forzosamente a Turquía “le hiela el corazón”. © Giorgos Moutafis

La periodista afgana “Shirin” (nombre ficticio) dice que una vez le dispararon los talibanes. Pero, pese a que huyó de su país buscando seguridad, ahora vive constantemente atemorizada en un mísero campo de personas refugiadas en Grecia. “Aquí tampoco me siento segura. Tengo tanto miedo que por la noche nunca salgo de mi habitación”, dijo, citando los numerosos presuntos casos de acoso verbal y sexual contra mujeres en las islas griegas.© Amnistía Internacional

 Ahmad trabajaba de ingeniero en Siria. Salió del país junto con su padre, Mohamed, huyendo de la guerra y llegó a Grecia a través de Turquía hace un par de meses. Su ansiedad está aumentando de forma espectacular por la falta de información y la lentitud del procedimiento de asilo © Giorgos Moutafis

 Ahmad y su familia rompen el ayuno durante el ramadán en el campo de Souda. Después de más de dos meses abandonados a su suerte en Quíos, tratan de mantener el optimismo. La guerra de Siria hizo añicos su futuro; ahora Ahmed espera que sus hijos puedan seguir estudiando de forma segura en Europa. La idea de que los devuelvan a Turquía los hace echarse a temblar: en enero de este año, la policía turca obligó a su hermana y a la familia de ésta a regresar a Siria, y sus hijos recibieron ataques de habitantes locales por el hecho de ser sirios. © Amnistía Internacional

Mohamed, de 78 años, era profesor de inglés en Siria. Él y su esposa, Siham, siguieron al resto de la familia en el peligroso viaje a Europa, e intentan apoyarla en todo lo que pueden. © Giorgos Moutafis

Tiendas en una playa cercana al campo de Souda, en Quíos. Las personas refugiadas viven durante meses en tiendas como éstas, mientras esperan a conocer la decisión sobre su solicitud de asilo. Mientras tanto, la amenaza de la devolución a Turquía acecha.© Giorgos Moutafis

Una de las pocas ocasiones en que Ahmad y su familia se relajan junto al mar en Quíos. La angustia y la incertidumbre sobre su futuro, combinadas con las malas condiciones de vida, convierten su vida cotidiana en una lucha. Pero a Ahmad aún se le ilumina el rostro cuando habla de sus hijos: Razan, de 8 años, Osama, de 12, y Yaman, de 10. © Giorgos Moutafis

 Dos hombres cenando junto al campo de personas refugiadas de Souda, en Quíos. Las comidas las proporcionan voluntarios locales e internacionales, pero sus recursos se están agotando. Esta solidaridad contrasta enormemente con la decisión de la UE de cerrar la puerta a las personas refugiadas en el momento en que más ayuda necesitan.© Giorgos Moutafis