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Un hombre, vecino de Alepo, saca de entre las ruinas a una niña. © AP Photo/Aleppo Media Center AMC

Alepo, de Patrimonio de la Humanidad a escaparate de la inhumanidad

Poco queda ya del "Patrimonio de la Humanidad" de Alepo, cuya Ciudad Antigua mereció ese título de la UNESCO en 1986. Los implacables y mortíferos bombardeos aéreos y artilleros del gobierno sirio y su aliada Rusia han convertido la parte oriental de la urbe, controlada por grupos armados de oposición y sitiada por las fuerzas del presidente Bashar al Assad, en un auténtico escaparate de inhumanidad.

“Nos despertamos con el sonido de las bombas y nos dormirnos después de enterrar a los muertos", nos cuenta “Maen”, vecino de Alepo cuyo nombre ha sido cambiado para proteger su identidad. En julio fue testigo de un ataque aéreo con lo que cree que eran bombas de racimo –prohibidas por el derecho internacional–, ya que vio romperse el artefacto en el aire, provocar una cadena de pequeñas explosiones y esparcir su metralla en un radio de 200 metros.

No es la única barbarie en medio de una terrible galería de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad que protagonizan mayoritariamente las fuerzas gubernamentales, pero también los grupos armados de oposición.

 

Un hombre sostiene el cuerpo de su hijo cerca del hospital de Dar El Shifa en Alepo. © AP Photo/Manu Brabo

La guerra civil –la brutal represión de las protestas contra Assad en marzo de 2011, que derivó en  conflicto armado interno– ha hecho que la antes próspera y hospitalaria Alepo, nudo de rutas comerciales milenarias y crisol de pueblos, culturas y religiones, ofrezca hoy un desolador paisaje de muerte y destrucción masiva. En apenas ocho días, la organización de defensa civil Los Cascos Blancos ha contabilizado 490 ataques aéreos –la mayoría rusos– contra la ciudad, que han matado a 300 civiles y herido a más de 800.

La magnitud del derramamiento de sangre y la destrucción causados en el Este de la ciudad de Alepo es escalofriante.

Siria y Rusia deben poner fin a los bombardeos ilegales en Alepo y permitir el paso de ayuda humanitaria.

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No es más que la simple estadística de la desgarradora realidad que impulsó a Amnistía Internacional a lanzar su campaña ¡S.O.S. Alepo: Nos están aniquilando!, que pretende recoger al menos 70.000 firmas (ahora ronda las 65.000) para pedir a los gobiernos de Siria y Rusia que pongan "fin a los bombardeos ilegales" en esa ciudad y que permitan "el paso de ayuda humanitaria".

La asistencia quedó suspendida tras el ataque gubernamental de septiembre contra un convoy de ayuda de la ONU y la Media Luna Roja Árabe Siria, denunciado por Amnistía como una violación flagrante del derecho internacional humanitario. Y todo ello ha agravado la escasez de alimentos, combustible y medicamentos, lo que hace presagiar un duro invierno sin calefacción y con graves estrecheces para las 250.000 personas que resisten el asedio de las fuerzas gubernamentales en Alepo Este.

Imagen de la calle de Al Wakalat en el barrio de Al-Sukkari, en Alepo, tras un ataque aéreo. © Luay Abu al-Joud/picture-alliance/dpa/AP Images

El Alepo de preguerra

Nada que ver con la Alepo de preguerra, con su pujanza universitaria, su  prestigio como centro de música tradicional árabe, su variada 'cocina Alepo' y su bullicioso ambiente de cafés, terrazas y vida nocturna. En 2010 recibió a 8,5 millones de turistas extranjeros. Pero, ahora, todo eso ha quedado sepultado bajo los escombros de la destructora maquinaria bélica. Un incesante bombardeo del que no escapan viviendas, escuelas, hospitales, mercados ni mezquitas. Tampoco se libran las instalaciones de agua y luz. Y siempre en áreas alejadas de objetivos militares. Todo vale dentro de la estrategia militar para vaciar las ciudades y los pueblos con el fin de allanar el camino para que avancen las fuerzas terrestres.

A ello se añade el cerco de la zona oriental, que impide el acceso de ayuda humanitaria y médica y que supone utilizar "el hambre como arma de guerra". Escasean los medicamentos, el agua y la comida. El suministro de pan "apenas cubre el 30% de las necesidades", constata "Hussam", y además alcanza precios prohibitivos. "El de los alimentos básicos se ha duplicado".

Pero, incluso así, gran parte de la población sitiada ve con recelo la oferta gubernamental de corredores para que civiles y combatientes que depongan las armas abandonen Alepo y aprovechen los puestos de alimentos y primeros auxilios instalados en las afueras de la ciudad. "Atacan a todo lo que se mueve en la carretera", denuncia un trabajador humanitario.

A la falta de comida y medicinas se suman la destrucción de hospitales e instalaciones sanitarias y la escasez de equipamientos y personal médico. Tras la última ofensiva gubernamental, en la que cuatro hospitales –incluido el único pediátrico– fueron alcanzados por las bombas, en Alepo Este solo queda uno operativo. También han quedado fuera de servicio muchos centros de atención médica; los bombardeos dañaron o destruyeron 14 en apenas un mes. "Los residentes tienen miedo de vivir cerca de un hospital o estar en uno de  ellos, porque nos hemos convertido en objetivo de los ataques del régimen”, declaró un doctor a los investigadores de Amnistía Internacional.

Aunque en realidad, como apunta la activista local Soha, "no hay ningún lugar seguro en la ciudad de Alepo, todos somos objetivo". Ella lleva a su bebé de siete meses a todas partes, porque le aterra perderlo, y confiesa que "cada vez que veo a una mujer o un niño heridos, pienso que podríamos ser mi hijo y yo".

Una sensación de impotencia que comparte mucha gente. Como Siham, que perdió a su hija de cuatro años en un bombardeo: "Cayó una bomba delante del edificio donde estaba jugando. No recuerdo qué fue lo último que me dijo. La perdí así, por nada, absolutamente por nada. Ojalá hubiera muerto con ella”. 


Captura de imagen de un vídeo que muestra uno de los rescates de los Cascos Blancos en Alepo. © Validated UGC via AP video

Acuerdos de alto el fuego

Impotencia, dolor, frustración, e indignación. Como la que sintió la ciberactivista Saad tras presenciar un bombardeo en el que hay indicios de que las fuerzas gubernamentales utilizaron armas incendiarias y municiones de racimo. “Solo oímos declaraciones, discursos, disculpas y amenazas vanas que vienen de Estados Unidos. La única solución que nos ofrecen son los acuerdos de alto el fuego. Creo que ya ha quedado muy claro que esa solución no nos va a salvar la vida; nos está matando cada vez que fracasa”.

Y es que, después del estrepitoso fracaso de sucesivos alto el fuego y treguas humanitarias, la población civil sitiada no puede evitar la desconfianza hacia la ONU y la comunidad internacional, que se han demostrado incapaces de protegerla.

En vísperas de la actual ofensiva y de sus brutales bombardeos contra Alepo Este, sus habitantes expresaban sus temores ante el final de la enésima pausa bélica. “Sé que es cuestión de tiempo que el infierno se desate otra vez. Cuando anuncian una tregua humanitaria se me para el corazón, porque sé lo que viene después: ataques aéreos", decía Um Mohamad, vecino de Alepo, a Amnistía Internacional. “Temo que la ofensiva sea más sangrienta que la anterior. No hay donde ir ni donde huir. Las bombas que Rusia y el régimen están utilizando contra nosotros destruyen edificios enteros, incluido el sótano”, coincidía Nizar.

Sus peores pronósticos se están cumpliendo, y así lo atestiguan los hospitales bombardeados, las viviendas arrasadas, la Ciudad Antigua con su Patrimonio de la Humanidad hecho añicos. La Gran Mezquita ha visto derrumbarse su minarete de 50 metros del siglo XII, uno de los principales monumentos de la Siria medieval. La Ciudadela del siglo XIII ha sufrido importantes daños. Y también el Zoco Al-Medina, uno de los mercados cubiertos más impresionantes de Oriente Próximo y del mundo.

Amnistía insiste en la necesidad de "sanciones específicas y embargo de armas" para dar fuerza a las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU –bloqueadas hasta ahora por el poder de veto de Rusia– y para proteger eficazmente a la población civil. También aboga por la remisión del caso a la Corte Penal Internacional para dejar claro el mensaje de que los responsables de atrocidades masivas responderán ante la justicia.