“Tenemos que ser libres para poder pensar. No podemos tener miedo de nuestro trabajo”
LOLO MALEKERA
REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO

Periodista y defensor de los derechos humanos. Así se define Lolo Malekera, aunque para él es casi una redundancia porque no puede entender su profesión si no es como el libre ejercicio de la crítica y de la denuncia de lo que ve a su alrededor.

Nació en Bukavu en 1963 y allí estudió y vivió hasta que en 2004 tuvo que huir del país junto a su familia para convertirse en refugiados. A mediados de los años ochenta empezó a trabajar con la organización Contact que, con el apoyo de UNICEF, realizaba una tarea de sensibilización y de lucha contra el VIH/Sida, en un momento en que esta enfermedad empezaba a extenderse por el continente africano.

Pero fue en 1994, año del genocidio en la vecina Ruanda, cuando movido por la compasión hizo una apuesta decidida por la libertad de expresión. Denunció que no todos los ruandeses que llegaban a la República Democrática del Congo (RDC) eran genocidas y escribió que incluso los genocidas tenían derechos humanos. Asegura que hubo masacres de ruandeses en su país. Fundó la revista L’Aurore, que le sirvió de tribuna para seguir denunciando en los años sucesivos las terribles matanzas que se pro d u j e ron en la RDC al ritmo de las luchas de poder entre las diferentes facciones. Llegó un momento en que sabía demasiado y eso le convirtió en sospechoso para todos y, sobre todo, en peligroso: “Sé demasiadas cosas sobre los políticos en la RDC, las cosas que hacen, cómo matan a la gente. Saber lo que sé es mi fuente de inseguridad”.

Las amenazas se sucedían hasta que el 26 de junio de 2004 fue detenido por un grupo de militares, torturado y amenazado de muerte. Siguiendo los consejos de un oficial de la Misión de la ONU (MONUC), huyó junto a su mujer y sus cuatro hijas a Uganda, donde aún continúan viviendo en condiciones precarias, sin trabajo y él sufriendo aún las secuelas físicas de los golpes que recibió. Lo ha perdido todo: su casa, su publicación, su medio de subsistencia. Pero no sus convicciones.

A otros periodistas y defensores de los derechos humanos les lanza un mensaje: “Tenemos que ser libres para poder pensar. No podemos tener miedo de nuestro trabajo. Denuncio lo que va mal a mi alrededor y no hay nada que pueda detenerme”. Sólo confía en encontrar una forma de seguir haciéndolo, de contar lo que mejor conoce, lo que ha pasado y pasa en la República Democrática del Congo.