

Lo que me impulsó a trabajar como activista fue Peces de Ciudad, un documental que rodé sobre jóvenes migrantes que viajan desde las montañas de Perú hasta Lima, la capital, y viven en la periferia de la ciudad en condiciones de precariedad. Viví con ellos durante casi un año, y me sorprendió descubrir que, para ellos, el obstáculo más difícil no era la pobreza extrema, sino la discriminación que sufrían por sus raíces andinas, su acento, el color de su piel y su falta de cultura.
Después de eso, trabajé en otros proyectos para promover la igualdad de derechos para grupos vulnerables, y por ejemplo filmé películas sobre la prevención del VIH/sida. El contacto con la discriminación y la diversidad sexual me llevó a realizar un documental sobre uno de los grupos más excluidos en toda Latinoamérica: las mujeres transgénero. La película, titulada Translatina, presenta varias comunidades transgénero de todo el continente, y les brinda la oportunidad de abogar por sus derechos y reivindicarlos.
Paralelamente, he rodado otros documentales sobre la guerra civil peruana de 1980 a 2000. He producido una película sobre las conclusiones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y, más recientemente, trabajé en otra sobre la memoria según la perspectiva de un grupo de Ayacucho, ciudad de las montañas centrales de Perú, que sufrió graves violaciones de derechos humanos al verse atrapado en el conflicto armado entre los terroristas y las fuerzas de seguridad del Estado.
Ser activista me hace sentir útil. Sé que lo que hago tiene repercusiones. Me ha hecho sentir más fuerte y más seguro a la hora de exponer mis ideas, y también me ha infundido paz espiritual: me siento más en armonía conmigo mismo.
El gran desafío es la realidad de Perú. Ser activista implica luchar contra arraigadas tradiciones sociales alimentadas por la Iglesia o por el Estado. Perú es un país con enormes diferencias de riqueza, en el que los derechos legales de la población han quedado diluidos. Eso crea enfrentamientos y discriminación entre los ciudadanos.
Sin embargo, ver tanta injusticia y desigualdad me ha dado fuerzas para continuar incluso en los tiempos más difíciles. Ser miembro de Amnistía Internacional es una ayuda, infunde sentimiento de pertenencia y me hace sentir orgulloso de ser activista. Siento que tengo una base de operaciones, que no estoy solo. Me facilita un contexto. También me siento orgulloso del prestigio de Amnistía Internacional y de sus logros –que conozco– a lo largo de los últimos 50 años.
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