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Kaisa y Katja, 34 años, Finlandia

Kaisa y Katja han producido un libro y una exposición sobre las vidas ocultas de personas migrantes en situación irregular en Europa. © Teemu Kuusimurto

Este proyecto ha cambiado mi mundo. Hasta las calles de mi ciudad natal parecen diferentes. He descubierto un mundo que nunca supe que existía. Las personas migrantes en situación irregular viven en las sombras de los ciudadanos, sin derechos ni dignidad. Limpian nuestra tienda de alimentación local por salarios ínfimos, sin la protección de la legislación laboral; recogen la fruta que comemos, construyen las casas en las que vivimos y friegan los platos en nuestros restaurantes. Pero si no les pagan o son víctimas de delitos, no pueden acudir a la policía. Son invisibles y objeto de abusos. Durante este proyecto aprendí a ver lo invisible.

 

Kaisa: En 2008 tomé un descanso sabático de mi trabajo como periodista en la mayor revista semanal para mujeres de Finlandia y me fui a Ámsterdam, donde empecé a trabajar con una organización que ayuda a personas en situación irregular, en su mayoría solicitantes de asilo rechazados, hombres con enfermedades mentales y madres con hijos. Eso me abrió los ojos. No me había dado cuenta hasta entonces de que en Europa hay millones de personas que viven en la clandestinidad.


Katja: Soy fotógrafa por cuenta propia. Cuando visité a Kaisa en Ámsterdam, me llevó a un café secreto para mujeres en situación irregular, donde trabajaba con sus hijos. Me di cuenta de que esas personas eran invisibles. Oficialmente no existen. Las personas en situación irregular son las más pobres de los pobres. No sólo carecen de dinero, también carecen de derecho a la vivienda, a la educación, a unas condiciones laborales justas, a la seguridad, a la libertad de expresión. Había estado pensando en empezar un proyecto fotográfico sobre derechos humanos y decidí que esto era de lo que quería tratar.


Kaisa: Empezamos a buscar a personas migrantes en situación irregular dispuestas a ser fotografiadas. No fue fácil. Y no es de extrañar: si aparecen en público, podrían terminar detenidas y expulsadas. Durante año y medio viajamos por siete Estados de la UE —el Reino Unido, los Países Bajos, Bélgica, España, Grecia, Suecia y Finlandia—  y hablamos con 21 personas o familias dispuestas a compartir la historia de su vida. Escribí las historias usando sus propias palabras y las fotos de Katja muestran sus vidas clandestinas: sus casas, los lugares donde trabajan, su soledad y su hambre.


Katja: Introdujimos una nueva palabra en nuestra lengua: paperiton, sin papeles. Esta expresión ya existe en sueco (papperslös) y en francés (sans papiers). Luego, en septiembre de 2010, se publicó nuestro libro, Paperittomat (Personas sin papeles), y el periódico más importante de Finlandia publicó un extenso artículo de Kaisa, con fotos mías, sobre un hombre sin documentos que vivía en la clandestinidad.


Kaisa: Queríamos que los finlandeses sintieran cómo es vivir con el miedo constante a ser detenido y expulsado, así que organizamos un acto llamado Sala de estar indocumentada en el centro de Helsinki. Alquilamos una galería y la decoramos para reproducir una iglesia que habíamos visitado en Bruselas, con colchones en el suelo, gente bebiendo té, y una instalación de sonido con grabaciones de sus entrevistas. Las fotos de Katja se expusieron en el exterior, en grandes marcos a prueba de lluvia. Era demasiado arriesgado invitar a personas en situación irregular a que contaran sus propias historias, pero donaron la mayoría de los objetos que usamos —como colchones, mantas y tazas de té— y permitimos que se oyeran sus voces.


Se hizo una adaptación teatral del libro que se representó durante el acto, y hubo debates, películas y arte, todo ello sobre el tema de los “sin papeles”. Los finlandeses aprendieron una nueva palabra y empezaron a pensar en las personas migrantes en situación irregular. Ahora queremos reproducir este acto en otras ciudades europeas.


Katja: Este proyecto ha cambiado mi mundo. Hasta las calles de mi ciudad natal parecen diferentes. He descubierto un mundo que nunca supe que existía. Las personas migrantes en situación irregular viven en las sombras de los ciudadanos, sin derechos ni dignidad. Limpian nuestra tienda de alimentación local por salarios ínfimos, sin la protección de la legislación laboral; recogen la fruta que comemos, construyen las casas en las que vivimos y friegan los platos en nuestros restaurantes. Pero si no les pagan o son víctimas de delitos, no pueden acudir a la policía. Son invisibles y objeto de abusos. Durante este proyecto aprendí a ver lo invisible.

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