

Me convertí en activista de derechos humanos cuando tenía 14 años. Ser adolescente no siempre es divertido, y sentía que el hacer algo con significado me ayudaría a tener una perspectiva de las enormes diferencias entre las vidas de unas personas y otras. Mi hermana se puso en contacto con Amnistía Internacional e iniciamos un grupo para jóvenes en nuestra ciudad. Por primera vez, sentí que mi vida cotidiana estaba llena con algo importante. Aprendía sobre los derechos humanos y sobre nuestro poder para defenderlos. En la mayoría de nuestras acciones, hacemos algo visual. Por ejemplo, cuando hacíamos campaña sobre la violencia contra las mujeres, nos pintábamos ojos amoratados. Esto creaba mucha publicidad: la gente venía a preguntar si estábamos bien, y recogíamos muchas firmas, aunque estuviera lloviendo a mares.
También hemos llevado a cabo acciones sobre los daños causados por Shell en Nigeria, sobre Guantánamo, sobre la libertad de expresión en Internet y sobre la ejecución de menores en Irán. Organizamos conciertos, que son una manera fantástica de reunir a gente y sensibilizar. Nuestras reuniones son informales, y los miembros son muy diversos. Somos como una colorida familia, con acuerdos y desacuerdos, y con miembros nuevos que se unen cada año.
Amnistía Internacional fue la primera organización en la que colaboré; después me empecé a interesar por otros temas. Fui a Oriente Medio con un proyecto escolar llamado Solidaridad Internacional, que hace campañas sobre el conflicto israelí-palestino. Y viajé a Etiopía como voluntaria para hacer trabajo de atención a la infancia con una organización llamada Proyectos en el Extranjero. Amnistía fue el comienzo de mi participación en estos temas, pero me sentí de maravilla al trabajar cara a cara con las personas implicadas: verlas, no sólo saber de ellas.
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