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Ciaran O'Carroll, 23 años, Irlanda

El activismo de Ciarán se centra en los derechos de los niños y las niñas a la educación y a un entorno seguro. © Ciaran o'Carroll

El desafío principal de ser un activista está en ti mismo: el temor a lo desconocido. Yo me pongo nervioso sólo con pedir a la gente que firme peticiones en una calle concurrida, porque alguien podría discrepar y enfadarse. Pero todo merece la pena cuando vuelves con cientos de firmas.

 

Crecí en el seno de una familia católica irlandesa en una localidad protestante conservadora de Escocia. Aunque la religión no me interesaba demasiado, en la escuela y en los equipos deportivos sufrí frecuentes abusos físicos y verbales. Esto despertó en mí la pasión por la justicia y los derechos humanos. Quería poner esas creencias en acción, y me sumé como voluntario a Amnistía Internacional, Oxfam y Amigos de la Tierra.

 

Punto decisivo

En una manifestación pacífica celebrada durante las conversaciones de Copenhague sobre el cambio climático, la policía antidisturbios salió de sus furgones con porras y perros, nos redujo a zonas cada vez más pequeñas, y empezó a atacarnos. Tuve suerte de que tres policías me sacaran de allí a tirones justo antes de que a los demás manifestantes les dijeran por megafonía que estaban detenidos. La detención arbitraria de 200 manifestantes pacíficos me hizo ser consciente de que el activismo iba a ser para mí un compromiso de por vida.


En junio de 2010 me fui como voluntario al campo de refugiados de New Askar, a las afueras de Nablús, en Palestina. El campo era un lugar peligroso y sumido en la miseria, sin recursos para los niños y niñas una vez que terminaban las clases. Los niños vagaban por las calles llenas de basura y jugaban en los cráteres abiertos por los cohetes. Yo trabajaba con un equipo internacional que proporcionaba actividades diarias, como por ejemplo deportes, enseñanza de idiomas y música, en un entorno seguro dentro del campo de refugiados.

 

Riesgos y recompensas

El activismo me ha permitido conocer a personas asombrosas. Cuando estaba terriblemente enfermo y sin poder moverme en el suelo de una escuela en Palestina, mis compañeros activistas me cuidaron como si fuera de su familia. Mi familia se pone nerviosa cuando me marcho a manifestaciones o como voluntario, pero me mandan constantes mensajes de apoyo, ¡y aguantan con alegría mis sesiones de diapositivas cuando vuelvo!


Es importante alegrarse por las victorias: cuando se libera a un individuo en situación de riesgo o cuando alguien por quien has hecho campaña sale del corredor de la muerte.

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