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En los 40 años del conflicto colombiano, todos los grupos armados –fuerzas de seguridad, paramilitares y guerrilla– han abusado o explotado sexualmente a las mujeres, tanto a las civiles como a sus propias combatientes.
Mujeres y niñas son las víctimas ocultas de esa guerra. Considerados y tratados sus cuerpos como territorio a conquistar, los motivos por los que las mujeres están en el punto de mira son diversos: sembrar el terror en las comunidades, obligar a la gente a huir de sus hogares, vengarse de los adversarios, acumular “trofeos de guerra” y explotarlas como esclavas sexuales.
El informe de Amnistía Colombia: Cuerpos marcados, crímenes silenciados, muestra que la violencia contra las mujeres en el marco del conflicto armado es una práctica extendida. Hay razones para creer que las cifras oficiales no reflejan la magnitud que ha alcanzado el problema de la violencia sexual y que los casos de violación son muchos más de los que se notifican. Además, pocos perpetradores comparecen alguna vez ante los tribunales por violar los derechos humanos y menos por delitos de violencia sexual.
Las supervivientes de la violencia sexual se enfrentan a una segunda y extenuante batalla, esta vez en el seno de sus familias y comunidades, que a menudo las culpabilizan y aíslan. Para muchas, sobrevivir a la violencia sexual significa vivir para no contarlo. Con frecuencia se ven forzadas a irse de sus comunidades, sin que logren apartar de sus vidas el temor a sufrir nuevos abusos. El testimonio de “Ana María”, superviviente de violación en grupo, refleja la experiencia de estas mujeres que quedan libradas a sus propias fuerzas para continuar:
"Saliendo de Neiva el ejército nos bajó [del autobús]. Al muchacho que estaba conmigo lo mataron. A mí me violaron entre ocho y nueve soldados. Me dejaron en el camino, hasta que cogí un carro. Cuando llegué a Dabeiba estaban los paramilitares. Dijeron que yo era de la guerrilla. El comandante de los paramilitares me violó. [...] A una le toca quedarse callada… Si hablas la gente dice que una se lo buscó… Me vine para Medellín [...]. Cuando entra el ejército me vuelven los pensamientos que me va a pasar lo mismo. Como una pesadilla que no acaba […]."
Por lo general, las autoridades ignoran y desatienden las lesiones y las secuelas médicas y psicológicas que genera esta violencia. Ese vacío han intentado llenarlo organizaciones de la sociedad civil, entre ellas de manera destacada los grupos de mujeres, pero con frecuencia ellas también son objeto de ataques por su labor en defensa de los derechos humanos y por intentar sacar a la luz la violencia sexual y ofrecer tratamiento a quienes sobreviven a ella.