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5-julio-2011
"En situaciones extremas el ser humano elige lo más fácil, y yo creo que lo más fácil siempre es la dignidad"

MARCOS ANA tiene 91 años y una memoria prodigiosa que le permite bucear en el pasado de las cárceles franquistas, donde permaneció 23 años, desde los 19 hasta los 42. fue uno de los primeros casos de Amnistía Internacional, que en mayo ha cumplido 50 años; Marcos Ana cumplirá en noviembre 50 años de libertad.

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Marcos Ana. © Daniela Cataldo

 

Usted se enfrentó a la pena de muerte dos veces, ¿por qué?
La primera fue por mis supuestas actividades durante la guerra civil, porque era uno de los comisarios políticos más jóvenes del ejército de la República. Me conmutaron la pena por ser menor. La segunda en 1943, estando encarcelado, fue por participar en un periódico clandestino titulado Juventud. Sorprendieron a un joven leyéndolo, lo torturaron, no pudo resistir y habló de otros compañeros. Para parar la cadena de caídas, asumí la responsabilidad del periódico, pero me negué a delatar a otros que también habían contribuido. Para la policía eso era una chulería y fui bárbaramente torturado. Tenía dos opciones y el ser humano en las situaciones extremas elige siempre la más fácil y yo creo que lo más fácil siempre es la dignidad. Para mí lo más fácil era volver con la cabeza alta, aunque llegara destrozado. Lo más difícil era hablar para parar la tortura pero que no pudiera mirar a los ojos a mis camaradas.

¿Qué recuerdos tiene de la cárcel?
Los recuerdos más duros son los de centenares de compañeros a quienes di el último abrazo cuando iban a ser fusilados. Conocíamos exactamente los pasos de los guardianes, sabíamos cuándo era una requisa rutinaria o cuándo eran los pasos de la muerte. Y cuando venían con la lista de los que iban a fusilar, nos quedábamos fijos, pendientes de los labios del guardián, y antes de que pronunciara algún sonido ya sabíamos de quién se trataba. También recuerdo que nos pasábamos el día pensando cómo burlar la vigilancia. Inventamos un sistema para tener libros clandestinos, porque  pasarlos no era difícil pero mantenerlos sí. Cuando nos llegaba un libro ilegal, que podía ser El Capital de Marx u otros, cogíamos de la biblioteca un libro legal lo más parecido en su formato y papel al libro clandestino. Había un librero preso que desencuadernaba los dos libros, cogía las pastas del libro legal con las 100 primeras páginas, y en la primera página iba el sello de la cárcel, la firma del capellán y la del director, luego metía 100 páginas del nuestro, otras 100 del legal y así hacía un sándwich. Cuando salí en libertad saqué un libro que por fuera era la historia de santa Genoveva de Brabante y por dentro el Canto General de Pablo Neruda. Se lo regalé a Neruda, que lo tenía en su museo de Isla Negra.

Usted empezó a escribir poemas en la cárcel, ¿los sacaba de forma clandestina?
Sí, claro. En los momentos más difíciles hacía que compañeros que iban a salir pronto se aprendiesen dos o tres poemas y me los recitaban una y otra vez. Pero cuando salían, entre la emoción de la libertad y de encontrar a la familia, algún verso se les olvidaba. Luego me he encontrado incluso publicados algunos poemas con versos que no conocía, como remiendos de tela vieja. En la cárcel no sabían que yo era Marcos Ana. Escogí este seudónimo, que es el nombre de mi padre y el de mi madre, en homenaje a ellos. A mi padre lo mató la aviación durante la guerra civil y mi madre murió de ir detrás de mí de cárcel en cárcel.

¿Cómo fue la campaña de Amnistía Internacional?
La organización estaba en contacto con mi familia. Una vez llegó una comisión a visitarme a la cárcel de Burgos, pero el director no sólo no lo permitió sino que además me llevaron a una celda de castigo, donde pasé varios meses, porque creyeron que me había comunicado de alguna forma con ellos. Sin la solidaridad internacional el cautiverio habría sido mucho más tremendo. Amnistía Internacional era una ventana abierta a nuestra esperanza.

¿Cómo fue la salida de la cárcel?
En 1961 un decreto estableció que debía tramitarse la excarcelación de los presos que llevasen más de 20 años consecutivos en prisión. El único que se encontraba en esa situación era yo. Al salir lo primero que vi es que la cárcel no tenía una imagen siniestra por fuera, era un edificio casi normal. Me estaba esperando mi hermana con un taxista. El viaje en taxi fue tremendo porque cada media hora devolvía y había que parar. Recuerdo que una de las cosas que más deseaba era salir al campo, pero en los primeros meses me mareaba porque en 23 años de cárcel el nervio óptico había perdido facultades. El aparato clandestino me sacó enseguida de España porque el régimen seguía buscando a Marcos Ana. Cuando me liberaron no sabían que era yo. Una vez fuera, hice una gira por varios países para lograr la amnistía de mis compañeros y fundé en París un centro de solidaridad con los presos políticos españoles.

¿Por qué es tan difícil afrontar en España los temas de la guerra civil y el franquismo?
Hay cosas que la transición no cambió. En muchos casos siguen impartiendo justicia los hijos de los que nos encarcelaron a nosotros, con la misma filosofía. No hay una memoria histórica, no hay una memoria de los vencidos. No es que tengamos afán de remover el pasado, pero queremos que se sepa. El mejor legado que podemos dejar a nuestros hijos es que sepan lo que ha pasado en España precisamente para que no se repita. Se dice que hay que pasar página, sí, pero después de haberla leído.



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