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El caso de Troy Davis refleja mejor que ningún otro las razones por las que la pena de muerte es cruel e inhumana. Además, nos tocó a todos especialmente. Uno de nuestros activistas cuenta como lo vivimos.
Mi primer contacto con el caso de Troy Davis fue una acción urgente que se lanzó el año
pasado. En cuanto la leí me llamó la atención lo evidente que era que Troy Davis no debía ser
ejecutado. Como decía Carlos de la Heras, responsable de la campaña contra la pena de
muerte de AI España, ningún caso ejemplificaba tan bien las razones por las que nadie debería
ser condenado a muerte: las numerosas dudas sobre su culpabilidad, el sesgo racista con el
que se aplica la pena de muerte, el proceso judicial sin garantías (su condena sólo se basó en
testimonios, y el hecho de que la mayoría de los testigos se retractaran de su declaración no
cambió nada), la pena de muerte como tortura, al haber sido encarcelado con poco más de
veinte años y llevar otros veinte en el corredor de la muerte, temiendo cada uno de los más de
7000 días que ese día fuera su último día de vida.
Es bastante tragicómico que el país que se jacta de ser el más moderno del mundo, el baluarte
de la democracia, lleve a cabo barbaridades como estas. Cosas como la que dijo un juez de la
Corte Suprema, que el acusado debía probar su inocencia, no sólo las dudas sobre su
culpabilidad, son un insulto a cualquier valor democrático, ya que ¿qué clase de justicia es la
que no reconoce el principio de “todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo
contrario”?
El caso de Troy Davis me indignó muchísimo. Y lo peor es que por mucho que hagas, que te
muevas, que mandes cartas, que se lo cuentes a tus amigos, que lo difundas por las redes
sociales, siempre sientes que no estás haciendo lo suficiente.
Cuando nos enteramos de que la ejecución se había fijado para el día 21 de septiembre, no
me asusté. Pensé, como un niño pequeño que ve una película, que al final todo saldría bien,
que el bueno se salvaría, que la Junta de Indultos de Georgia salvaría la vida de Troy Davis
una vez más, como era correcto. Simplemente, a pesar de que casos parecidos sucedan con
frecuencia, no me cabía en la cabeza que un acto que clamaba voz en grito su injusticia, como
si llevara un letrero en neón que pusiera “ESTO ESTÁ MAL”, fuera a ser cometido.
Pero la realidad pronto me demostró lo ingenuo que había sido. La Junta de Indultos denegó
emprender ninguna acción, allanando así el camino hacia la inyección letal, tal y como estaba
programado.
Y a pesar de que algo en mi mente seguía diciendo que todo iba a salir bien, que en el último
momento se salvaría, que quizás el último recurso interpuesto por los abogados lograría
retrasar la ejecución, la rabia se había apoderado de mí. Rabia e indignación por vivir en un
mundo en que asesinar impunemente a alguien sin que se sepa si es culpable sea algo
cotidiano. Así que el miércoles 21 por la mañana me puse a llamar a todos mis compañeros de
Amnistía, y a amigos míos que no eran de AI a los que convencí para que vinieran.
Rápidamente repartimos el trabajo: “tú haces 200 fotocopias de la foto de Troy para repartirla
entre la gente, con un link abajo con más información, tú compras cartulinas para hacer
pancartas, tú manda eventos por el tuenti, a las 20h quedamos para pintar las pancartas en la
sede, venid todos, no podemos quedarnos sentados de brazos cruzados mientras pasa algo
así, tenemos que hacer algo, aunque sea desesperado y probablemente no sirva para nada”.
A las 21h llegamos con nuestras pancartas, nuestras fotos de Troy, nuestras velas y el
dinosaurio gigante de la campaña “Hagamos de la pena de muerte una pena en extinción” a la
Plaza Nueva, que es donde está el Ayuntamiento de Sevilla. Por el camino nos hemos
encontrado a varios amigos tomando unas cañas, los arrastramos para que dejen las cervezas
y vengan con nosotros. Nos ponemos todos en fila, cada uno con una vela encendida en la
mano y una foto de Troy pegada en el pecho. En silencio, miramos a la gente pasar. De vez en
cuando alguien se acerca, con curiosidad, y entonces uno de nosotros va hacia él y le cuenta,
en voz baja, por qué estamos haciendo esto. La gente nos da las gracias por lo que estamos
haciendo, y promete informarse sobre el tema y contárselo a sus amigos. Unos cuantos incluso cogen una vela, la encienden y pasan una hora o dos con nosotros.
Germán trata de pillar Internet con su móvil para ir contándonos las noticias, pero de momento
no se sabe nada, ninguna novedad. Aguantamos hasta la 1 de la noche, la hora a la que
estaba prevista la ejecución (19h en EEUU).
Recogemos todo, incluido el dinosaurio. Caminamos a nuestra casa sin saber si Troy Davis
está muerto o no.
Cuando llego a casa, sobre la 1.30, lo primero que hago es abrir Twitter. Una alegría
gigantesca me invade: ¡no lo han ejecutado! Todos los del grupo compartimos nuestra alegría
por chat, y nos vamos a dormir contentos. Pero algo me hace sospechar: en el artículo que
acababa de leer ponía que el que hubieran pospuesto la ejecución no significaba nada, y que
podían ejecutarlo en cuestión de días o incluso horas.
Así que me quedo despierto, atento a Twitter y a todos los periódicos. Descubro que hay una
retransmisión en streaming desde el exterior de la cárcel, donde hay un montón de gente:
amigos y familiares de Troy, muchas ONGs, entre ellas Amnistía USA y su director, Larry Cox,
al que entrevistan varias veces durante la noche y que a pesar de su impecable traje, cada vez
parece más cansado y desvalido. Aguardo durante la noche, temiendo que si dejo de mirar, lo
ejecutarán.
Llegan las 5 de la madrugada y empiezan a circular la peor noticia imaginable: primero lo veo
en Eskup, una cosa de El País que es muy parecido a Twitter, luego, llega a Twitter y al
streaming: Troy Davis ha sido ejecutado. Por lo visto, sus últimas palabras fueron de perdón
hacia sus ejecutores y de declaración de su inocencia frente a la familia del policía asesinado.
A todos los que aguardaban frente a la cárcel se les ve totalmente derrotados.
Pero las palabras de Larry Cox y de otros miembros de ONGs no son de tristeza, de rabia o de
derrota: son de ánimo y esperanza. Larry está convencido de que este tipo de caso no se
volverá a repetir, que aunque no hayamos triunfado esta vez, hemos prendido una llama que
llevará a la sociedad a plantearse que no podemos vivir en un mundo donde el Estado asesina
a sus ciudadanos fría y programadamente. Es un vestigio cruel y perverso de las épocas más
bárbaras de la Humanidad. Me voy a la cama deprimido, pero más convencido que nunca de
que la próxima vez no permitiremos que se repita el mismo desenlace.
Pedro Victori
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