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NO a la pena de muerte

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Univ. de Sevilla. 01-11-11
El caso de Troy Davis contado por uno de nuestros activistas

El caso de Troy Davis refleja mejor que ningún otro las razones por las que la pena de muerte es cruel e inhumana. Además, nos tocó a todos especialmente. Uno de nuestros activistas cuenta como lo vivimos.

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Mi primer contacto con el caso de Troy Davis fue una acción urgente que se lanzó el año

pasado. En cuanto la leí me llamó la atención lo evidente que era que Troy Davis no debía ser

ejecutado. Como decía Carlos de la Heras, responsable de la campaña contra la pena de

muerte de AI España, ningún caso ejemplificaba tan bien las razones por las que nadie debería

ser condenado a muerte: las numerosas dudas sobre su culpabilidad, el sesgo racista con el

que se aplica la pena de muerte, el proceso judicial sin garantías (su condena sólo se basó en

testimonios, y el hecho de que la mayoría de los testigos se retractaran de su declaración no

cambió nada), la pena de muerte como tortura, al haber sido encarcelado con poco más de

veinte años y llevar otros veinte en el corredor de la muerte, temiendo cada uno de los más de

7000 días que ese día fuera su último día de vida.

 

Es bastante tragicómico que el país que se jacta de ser el más moderno del mundo, el baluarte

de la democracia, lleve a cabo barbaridades como estas. Cosas como la que dijo un juez de la

Corte Suprema, que el acusado debía probar su inocencia, no sólo las dudas sobre su

culpabilidad, son un insulto a cualquier valor democrático, ya que ¿qué clase de justicia es la

que no reconoce el principio de “todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo

contrario”?

 

El caso de Troy Davis me indignó muchísimo. Y lo peor es que por mucho que hagas, que te

muevas, que mandes cartas, que se lo cuentes a tus amigos, que lo difundas por las redes

sociales, siempre sientes que no estás haciendo lo suficiente.

 

Cuando nos enteramos de que la ejecución se había fijado para el día 21 de septiembre, no

me asusté. Pensé, como un niño pequeño que ve una película, que al final todo saldría bien,

que el bueno se salvaría, que la Junta de Indultos de Georgia salvaría la vida de Troy Davis

una vez más, como era correcto. Simplemente, a pesar de que casos parecidos sucedan con

frecuencia, no me cabía en la cabeza que un acto que clamaba voz en grito su injusticia, como

si llevara un letrero en neón que pusiera “ESTO ESTÁ MAL”, fuera a ser cometido.

Pero la realidad pronto me demostró lo ingenuo que había sido. La Junta de Indultos denegó

emprender ninguna acción, allanando así el camino hacia la inyección letal, tal y como estaba

programado.

 

Y a pesar de que algo en mi mente seguía diciendo que todo iba a salir bien, que en el último

momento se salvaría, que quizás el último recurso interpuesto por los abogados lograría

retrasar la ejecución, la rabia se había apoderado de mí. Rabia e indignación por vivir en un

mundo en que asesinar impunemente a alguien sin que se sepa si es culpable sea algo

cotidiano. Así que el miércoles 21 por la mañana me puse a llamar a todos mis compañeros de

Amnistía, y a amigos míos que no eran de AI a los que convencí para que vinieran.

 

Rápidamente repartimos el trabajo: “tú haces 200 fotocopias de la foto de Troy para repartirla

entre la gente, con un link abajo con más información, tú compras cartulinas para hacer

pancartas, tú manda eventos por el tuenti, a las 20h quedamos para pintar las pancartas en la

sede, venid todos, no podemos quedarnos sentados de brazos cruzados mientras pasa algo

así, tenemos que hacer algo, aunque sea desesperado y probablemente no sirva para nada”.

A las 21h llegamos con nuestras pancartas, nuestras fotos de Troy, nuestras velas y el

dinosaurio gigante de la campaña “Hagamos de la pena de muerte una pena en extinción” a la

Plaza Nueva, que es donde está el Ayuntamiento de Sevilla. Por el camino nos hemos

encontrado a varios amigos tomando unas cañas, los arrastramos para que dejen las cervezas

y vengan con nosotros. Nos ponemos todos en fila, cada uno con una vela encendida en la

mano y una foto de Troy pegada en el pecho. En silencio, miramos a la gente pasar. De vez en

cuando alguien se acerca, con curiosidad, y entonces uno de nosotros va hacia él y le cuenta,

en voz baja, por qué estamos haciendo esto. La gente nos da las gracias por lo que estamos

haciendo, y promete informarse sobre el tema y contárselo a sus amigos. Unos cuantos incluso cogen una vela, la encienden y pasan una hora o dos con nosotros.

 

Germán trata de pillar Internet con su móvil para ir contándonos las noticias, pero de momento

no se sabe nada, ninguna novedad. Aguantamos hasta la 1 de la noche, la hora a la que

estaba prevista la ejecución (19h en EEUU).

 

Recogemos todo, incluido el dinosaurio. Caminamos a nuestra casa sin saber si Troy Davis

está muerto o no.

 

Cuando llego a casa, sobre la 1.30, lo primero que hago es abrir Twitter. Una alegría

gigantesca me invade: ¡no lo han ejecutado! Todos los del grupo compartimos nuestra alegría

por chat, y nos vamos a dormir contentos. Pero algo me hace sospechar: en el artículo que

acababa de leer ponía que el que hubieran pospuesto la ejecución no significaba nada, y que

podían ejecutarlo en cuestión de días o incluso horas.

 

Así que me quedo despierto, atento a Twitter y a todos los periódicos. Descubro que hay una

retransmisión en streaming desde el exterior de la cárcel, donde hay un montón de gente:

amigos y familiares de Troy, muchas ONGs, entre ellas Amnistía USA y su director, Larry Cox,

al que entrevistan varias veces durante la noche y que a pesar de su impecable traje, cada vez

parece más cansado y desvalido. Aguardo durante la noche, temiendo que si dejo de mirar, lo

ejecutarán.

 

Llegan las 5 de la madrugada y empiezan a circular la peor noticia imaginable: primero lo veo

en Eskup, una cosa de El País que es muy parecido a Twitter, luego, llega a Twitter y al

streaming: Troy Davis ha sido ejecutado. Por lo visto, sus últimas palabras fueron de perdón

hacia sus ejecutores y de declaración de su inocencia frente a la familia del policía asesinado.

A todos los que aguardaban frente a la cárcel se les ve totalmente derrotados.

 

Pero las palabras de Larry Cox y de otros miembros de ONGs no son de tristeza, de rabia o de

derrota: son de ánimo y esperanza. Larry está convencido de que este tipo de caso no se

volverá a repetir, que aunque no hayamos triunfado esta vez, hemos prendido una llama que

llevará a la sociedad a plantearse que no podemos vivir en un mundo donde el Estado asesina

a sus ciudadanos fría y programadamente. Es un vestigio cruel y perverso de las épocas más

bárbaras de la Humanidad. Me voy a la cama deprimido, pero más convencido que nunca de

que la próxima vez no permitiremos que se repita el mismo desenlace.

 

Pedro Victori