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Historias de barrios marginales

Más de 1.000 millones de personas de todos los continentes viven en asentamientos precarios © AI

MARIA SEBASTIÃO ANTÓNIO, DE BANGA WE, CERCA DE LUANDA, ANGOLA


En varias ocasiones se ha intentado desalojar de su hogar a Maria Sebastião António, de 31 años y madre de tres hijos, a su familia y a más de 500 personas del vecindario con motivo de la construcción del complejo de viviendas Nova Vida. Ésta es su historia:

“He vivido toda mi vida en Banga Wé. Aquí nací. Entre 2004 y 2006 hubo demoliciones. Ni siquiera se nos avisaba. Nos pillaban por sorpresa. Íbamos a trabajar todos los días sin saber si al regresar nuestros hogares seguirían en pie. Yo tenía una casa hecha de bloques [de hormigón] que fue destruida en las demoliciones de noviembre de 2005. En ese momento estaba embarazada de mi hijo más pequeño. Demolieron la casa de bloques pero no tocaron las planchas de zinc que servían de tejado, así que las utilizamos para construir una casa de zinc […]. Seis días después volvieron para destruir las casas de zinc también […]. Me llevaron a la comisaría porque me opuse a las demoliciones y allí me amenazaron. Un agente me dijo: ‘La policía no pega en la calle, sino en la esquadra [comisaría]’. Afortunadamente otro agente impidió que me pegara.

Antes de las elecciones de 2008, el director del proyecto de viviendas Nova Vida convocó una reunión y nos comunicó que nos trasladarían a unas viviendas nuevas en Zango III, pero desde entonces no ha pasado nada. No tenemos agua. No dejan que nuestros hijos estudien. En la escuela Nova Vida ni siquiera nos permiten inscribirlos. El resto de las escuelas están demasiado lejos. Lo peor es que todavía no hay solución a este problema”.


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La población global que vive en asentamientos precarios está creciendo de forma alarmante. La desinversión en el medio rural, los conflictos armados, los desastres naturales, el cambio climático, los desalojos forzosos y la apropiación de tierras por parte de empresas siguen obligando a las personas a migrar a ciudades donde escasea la vivienda © Peter Harris

VIVIENDAS ARRASADAS EN LA COMUNIDAD DE DEY KRAHAM, EN PHNOM PENH, CAMBOYA


A primera hora de la mañana del 24 de enero de 2009, unos 250 efectivos de las fuerzas de seguridad de Camboya y trabajadores encargados de la demolición utilizaron gas lacrimógeno y amenazaron con emplear la violencia para desalojar de sus hogares a cientos de familias de la comunidad de Dey Kraham, en el centro de Phnom Penh. A las seis de la mañana entraron en acción las excavadoras e hicieron desaparecer el asentamiento. Trabajadores de derechos humanos informaron de que 152 familias que vivían de forma permanente en el lugar y hasta 250 residentes temporales perdieron sus hogares. Algunas personas ni siquiera tuvieron tiempo de sacar sus pertenencias.

En un principio las autoridades de Phnom Penh proporcionaron alojamiento a menos de 30 familias en un lugar designado para su reubicación, en la comuna de Cham Chao, distrito de Dangkor, a unos 16 kilómetros del centro de la ciudad. Cuando llegaron, las familias se encontraron con que el lugar carecía de agua potable, electricidad, saneamiento y servicios básicos. La mayoría de las estructuras se encontraban en construcción y no tenían tejado.

La empresa que al parecer había comprado los terrenos de Dey Kraham retiró las ofertas de indemnización que había hecho con anterioridad.

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Los desalojos forzados constituyen una violación de derechos humanos y a menudo las víctimas pierden sus pertenencias, las redes sociales y el acceso al trabajo y a los servicios. Cada vez con mayor frecuencia, los Gobiernos llevan a cabo desalojos forzados para derribar los asentamientos precarios y dejar espacio al desarrollo urbano, el embellecimiento de las ciudades u otros proyectos nacionales © AI

LOS HABITANTES DE GARDOLE, WALIA ANGOSSO, FARCHA, ATRONE Y CHAGOUA, EN YAMENA, CHAD


Desde febrero de 2008, decenas de miles de personas se han quedado sin hogar en la capital de Chad, Yamena, tras ser desalojadas por la fuerza de sus viviendas.

La primera oleada de demoliciones se produjo después del ataque armado contra Yamena perpetrado en febrero de 2008 por una coalición de grupos armados de oposición. Poco después, el 22 de febrero de 2008, el presidente Idriss Déby Itno promulgó un decreto por el que se autorizaba la demolición de lo que se denominaron edificios y construcciones levantados ilegalmente. El decreto se aplicó inicialmente a dos barrios de Yamena: Gardole y Walia Angosso. Luego el programa de demoliciones se amplió a otras zonas, como Farcha, Atrone y Chagoua.

La mayoría de los desalojos forzosos corrieron a cargo de las fuerzas de seguridad, que en algunos casos, según informes, han recurrido a la violencia. Incumpliendo abiertamente la ley y denegando el proceso debido, las autoridades no consultaron con los residentes antes de proceder a su desalojo. En muchos casos se avisó a los residentes con escasa antelación o no se les avisó en absoluto. En contadas ocasiones tuvieron la oportunidad de impugnar los desalojos a través de los tribunales.

La inmensa mayoría de las familias que han perdido su hogar no han recibido una vivienda alternativa ni ninguna otra forma de indemnización. Algunas se fueron a vivir con miembros de la familia o parientes, otras regresaron a sus aldeas de origen. Muchas se quedaron en sus barrios, a menudo para vivir entre las ruinas de lo que fue su hogar.

A finales de julio de 2009 seguían produciéndose demoliciones y cada vez hay más personas en peligro de ser desalojadas de sus hogares.


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Las mujeres son especialmente vulnerables en los asentamientos precarios, donde la falta de instalaciones aumenta el riesgo para ellas de sufrir agresiones o acoso sexual y donde a menudo la policía no se toma en serio las denuncias de violencia en el ámbito familiar © AI

PARA LAS MUJERES DE LOS BARRIOS MARGINALES DE NAIROBI


Más de la mitad de los habitantes de Nairobi vive en asentamientos informales y barrios marginales. Sus viviendas son inadecuadas y el acceso al agua potable, alcantarillado, atención sanitaria, escuelas y otros servicios públicos esenciales es precario.

Estas privaciones afectan sobre todo a las mujeres y las niñas, que necesitan más intimidad que los hombres para usar los baños y lavarse. Muchas mujeres tienen que recorrer a pie largas distancias para llegar a un baño, algo especialmente peligroso después del anochecer. La violencia contra las mujeres es generalizada y en su mayor parte no es castigada debido a la ineficacia de la actuación policial en los barrios marginales y asentamientos informales de Nairobi. La violencia basada en el género lleva a las mujeres a la pobreza y les impide salir de ella.

Las mujeres y niñas de los barrios marginales de Nairobi viven bajo la amenaza constante de la violencia en su vida cotidiana: en el hogar, en el trabajo y en la calle, a manos de bandas, familiares, empleadores y del personal de seguridad del Gobierno. No tienen a donde huir para estar seguras. La presencia policial es escasa o inexistente y si una mujer es víctima de la violencia, es muy poco probable que se haga justicia. El Gobierno no ha cumplido su obligación de garantizar la provisión de servicios esenciales: el alcantarillado es inadecuado, no existe alumbrado público en las calles y la actuación policial es ineficiente.

El sistema de justicia queda muy lejos de las vidas de las mujeres, debido tanto a la ausencia de policía en los barrios marginales como a los múltiples obstáculos que afrontan las mujeres en el acceso a la justicia. Las mujeres temen que las autoridades ni siquiera reconozcan que lo que les han hecho es un delito, sobre todo si el abuso se produce dentro de la familia.

 

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