
Finales de 2010. Estamos en la olvidada y polvorienta localidad tunecina de Sidi Bouzid. Un joven informático que vende verduras para sobrevivir, Mohamed Bouazizi, decide rociar de gasolina su cuerpo y prenderse fuego. Frente a la represión de las autoridades y años de injusticia, su gesto de desesperación lo convierte en héroe y su inmolación enciende la chispa que levanta a la mayoría de la población contra lustros de marginación, silencio y abusos de los derechos humanos. Sin saberlo, Bouazizi estaba dando inicio a una verdadera revolución. Su sacrificio se convertía en la mecha que prendía lo que hoy conocemos como “Primavera árabe”. Menos de un mes después, el empuje popular derrumbaba la dictadura de 23 años de Zin el Abidín ben Alí en medio de contundentes denuncias de una represión desproporcionada.
La Revolución de los Jazmines cayó en tierra fértil y se multiplicó por la región. En cada país adquirió una forma propia y una característica diferente. Pero la respuesta común de los poderes establecidos fue la de un aumento de la represión, la muerte y la violación de los derechos humanos.
La Revolución de los Jazmines en Túnez fue la primera en propagarse por otras regiones del norte de África y Oriente Próximo y, aunque ha supuesto mejoras signficativas, los nuevos dirigentes no pueden desaprovechar la oportunidad que les brinda la determinación de su pueblo.
Su población se enfrentó con determinación a un régimen que, con excusas diversas y el apoyo de las principales potencias occidentales, impedía cambios democráticos. Las calles y plazas se llenaron de personas, muchas de ellas mujeres, con una consigna común: reclamar sus derechos.
Como una ficha de dominó, Muamar al Gadafi, en Libia, se lanzó contra su propio pueblo, provocando miles de víctimas. La comunidad internacional en su mayoría tomó partido por la oposición. Tras ocho meses de barbarie, la ejecución de Gadafi cerraba un capítulo y abría otro que continúa lleno de interrogantes.
En Yemen, Alí Abdulá Salé conservó su trono sobre decenas de cadáveres a lo largo de 2011. Más de 200 personas murieron en el contexto de las protestas y centenares más murieron en enfrentamientos armados. Su mandato termina con impunidad.
En la localidad siria de Deraa, Hamza al Khatib de 13 años fue detenido, torturado y mutilado. Era abril de 2011. Desde entonces, Naciones Unidas cifra en más de cinco mil los muertos de manifestantes pacíficos a manos del régimen sirio. Muchas de las imágenes que todavía llegan, hablan de un terror sin límites.
En Bahréin, la población tuvo que sufrir la intervención de las tropas del vecino reino de Arabia Saudí que, con tanques y el beneplácito de las autoridades, aplastaron las revueltas. En un absurdo intento de detener la “Primavera árabe”, las autoridades destruyeron el monumento a la Perla, en la simbólica plaza de Manama.
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