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Condiciones de reclusión crueles, inhumanas o degradantes

Cuando se les pregunta cuál es el problema más grave al que se enfrentan, los presos suelen citar el hacinamiento, la falta de comida o asistencia médica, la ausencia de instalaciones higiénicas adecuadas, la violencia, los castigos arbitrarios y la denegación del permiso para mantener contacto con su familia. En los casos en los que las condiciones son tan pésimas que constituyen trato cruel, inhumano o degradante, casi siempre se da una combinación de estos elementos.

Algunos gobiernos utilizan la falta de recursos como excusa para alegar que no pueden mejorar las condiciones de las prisiones y otros centros de detención. No obstante, si tiene voluntad política de hacerlo, cualquier gobierno puede mejorar ciertas condiciones básicas. Algunas mejoras, como permitir las visitas de los familiares, el acceso a material de lectura o la posibilidad de pasar periodos más largos fuera de las celdas, son prácticamente gratuitas. Otras, como las reformas del sistema de justicia penal, forman parte del correcto proceder institucional, y además ofrecen una solución al problema del hacinamiento crónico.

En Estados Unidos, la potencia económica más poderosa del mundo, algunos centros carecen de recursos económicos y sufren un problema de hacinamiento y falta de personal, lo cual da lugar a condiciones peligrosas e inhumanas. En muchos de ellos, la violencia es endémica. Hay casos en los que los guardias no impiden que los reclusos se agredan unos a otros. En otros casos son los propios guardias los que cometen las agresiones, sometiendo a sus víctimas a palizas y abusos sexuales. En los últimos años ha surgido un nuevo tipo de prisión, construida con grandes medios, que ha suscitado unos motivos diferentes de preocupación. En las llamadas instalaciones de «super máxima seguridad», los presos son sometidos a un aislamiento extremo y una privación casi total de los estímulos sensoriales. Normalmente estos presos pasan entre 22 y 24 horas al día encerrados en celdas pequeñas y aisladas en las que comen, duermen y defecan. 

La reclusión prolongada en régimen de aislamiento puede tener efectos sumamente destructivos. Una ex presa que permaneció mucho tiempo recluida en régimen de aislamiento en Corea del Sur (República de Corea) dijo a Amnistía Internacional tras ser puesta en libertad en 1997: «En mi tercer año de encarcelamiento no era capaz de recordar los nombres de amigos y familiares cercanos, ni el vocabulario cotidiano más sencillo. Tenía dificultad para hablar durante las horas de visita. Trataba de leer en voz alta y cantar al menos una hora cada día, pero pronto me quedaba sin voz[...]»

www.es.amnesty.org
 

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Esto es peor que una pocilga. El estado de los depósitos de agua es tan deficiente que las enfermedades se propagan a un ritmo alarmante, y llegan incluso a afectar a la comunidad local que vive cerca de la prisión. La reclusión en régimen de aislamiento se utiliza de forma indiscriminada. Tienes suerte de salir vivo: las condiciones que se dan aquí dentro constituyen un serio peligro para la salud física y mental de los presos, por no hablar de la tortura infligida por funcionarios de prisiones que carecen de toda formación.
Extracto tomado de una carta que un interno de la prisión de Roger, en João Pessoa, Paraíba, Brasil, hizo llegar a Amnistía Internacional en abril de 1998, cuando a unos delegados de la organización les impidieron entrar en el centro penitenciario y hablar con los reclusos.