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Racismo y tortura

La muerte bajo custodia en 1977 de Steve Biko, líder del movimiento sudafricano Conciencia Negra, centró la atención mundial en el uso de la tortura como instrumento del apartheid (el sistema de dominación racial arraigado en el sistema político y legal de Sudáfrica y condenado universalmente como crimen contra la humanidad). Aunque casi un cuarto de siglo después el sistema del apartheid ha terminado, en muchos países, incluido Sudáfrica, persiste un racismo institucionalizado o endémico (la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial hace referencia a la discriminación por motivos de «raza, color, linaje u origen nacional o étnico».). En el mundo entero, una de las manifestaciones más claras de este fenómeno es la existencia de una pauta en la que agentes del Estado infligen torturas y malos tratos por motivos raciales.

Según el estudio llevado a cabo por Amnistía Internacional, muchas de las víctimas (cuando no la mayoría) de la brutalidad policial en Europa y Estados Unidos son negros o pertenecientes a otras minorías étnicas. En América, la tortura y los malos tratos a indígenas, especialmente en el contexto de los conflictos por los derechos sobre la tierra, son el legado constante de siglos de sometimiento. La violación, la mutilación y otras formas de tortura se han utilizado como armas de guerra en los conflictos recientes con una dimensión étnica que han estallado en África, Asia y Europa del Este. Los malos tratos racistas se nutren de la respuesta cada vez más xenófoba a la inmigración, de la discriminación en el sistema de justicia penal y del resurgir de los conflictos armados con una dimensión étnica.

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Los negros merecen que los golpees primero y luego les preguntes su nombre.

Palabras de un alto mando de la policía dirigiéndose a sus subordinados en una sesión de formación celebrada en Viena, Austria, en agosto de 1999.