La lucha contra la tortura: Programa de acción
Asistencia a las víctimas de tortura
El uso generalizado de la tortura en los años setenta en países sudamericanos que contaban con organizaciones de profesionales de la salud bien establecidas y con conciencia política dio lugar a la creación de grupos locales que trabajaban para proporcionar atención médica y psicológica a las víctimas. Muchas veces, el proporcionar este tipo de ayuda práctica implicaba correr grandes riesgos personales, teniendo en cuenta las condiciones de represión en las que muchas organizaciones se veían obligadas a trabajar. Al mismo tiempo, miles de refugiados traumatizados llegaban a Norteamérica y Europa. Los profesionales de la salud de las comunidades de exiliados, con la colaboración de los médicos locales, respondieron a las necesidades más evidentes de los refugiados. El trabajo de los grupos médicos de Amnistía Internacional, el primero de los cuales se creó en Dinamarca en 1974, dio un impulso adicional a estas iniciativas. Unos años después, más de 4.000 médicos se habían organizado en 34 países para formar grupos médicos de Amnistía Internacional.
A lo largo del último cuarto de siglo este tipo de trabajo ha experimentado una gran expansión, y actualmente hay unos 200 grupos de rehabilitación que trabajan en todos los continentes para proporcionar asistencia especializada a
sobrevivientes de tortura. Estos grupos han llevado a cabo una importante labor de investigación sobre las secuelas físicas y psicológicas de la tortura.
El apoyo que estos grupos brindan a los sobrevivientes de tortura va más allá del cuidado y la rehabilitación de sus lesiones físicas. En ellos participan miembros de disciplinas muy diversas: enfermeras, médicos, fisioterapeutas, psicólogos y muchos otros. Los centros de tratamiento permiten a los sobrevivientes de tortura expresar su dolor y su rabia en un entorno en el que saben que estarán seguros y que se dará crédito a sus experiencias.
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Un iraquí llegó a las oficinas de la Fundación Médica para la Asistencia a Víctimas de Tortura en Londres, Reino Unido, quejándose de dolor de cabeza y espalda. Según dijo, muchas veces quería matarse, especialmente los martes. Los martes le resultaban insoportables. Durante el tratamiento reveló que su hijo y su hermano habían sido ejecutados un martes, y que a él le habían obligado a presenciar la ejecución. Según contó, cuando pidió que le permitieran besar el cadáver de su hijo, lo golpearon brutalmente. Parte de su rehabilitación consistió en pasar los martes a solas en una habitación pensando en su hijo e intentando recordar qué aspecto tenía y qué cosas habían compartido. Aquello fue una parte muy importante de su lucha por reconocer que realizaba una proyección errónea de su sentimiento de culpabilidad e impotencia, que nada de lo que él hubiera hecho habría podido salvar la vida de su hijo y que ahora podía dejar descansar su recuerdo.
(«Helen versus hell», Helen contra el infierno, de Neil
Belton, The Guardian, 10 de enero de 1999).
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