La lucha contra la tortura: Programa de acción
Proteger a quienes huyen de la tortura
La tortura es un fenómeno mundial, y existen pocos países en los que los sobrevivientes de esta práctica no hayan buscado refugio. Se calcula que entre un 20 y un 30 por ciento de los 15 millones de refugiados que existen en el mundo son víctimas de tortura (sitio web del Consejo Internacional de Rehabilitación para Víctimas de la
Tortura (enlace externo).
En teoría, los refugiados que han huido de su país por temor a ser torturados tienen derecho a recibir protección internacional. Con el fin de evitar que vuelvan a manos de sus torturadores, es preciso conceder a estos refugiados el asilo. Sin embargo, en la práctica esto no suele suceder.
Otros tratados internacionales de derechos humanos también protegen a quienes huyen del peligro. La Convención contra la Tortura prohíbe específicamente la expulsión, devolución o extradición de una persona a otro Estado «cuando haya razones fundadas para creer que estaría en peligro de ser sometida a tortura». Al contrario que la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, que excluye de la protección como refugiado a determinadas personas a causa de sus actividades pasadas (por ejemplo, por haber cometido delitos graves), en virtud de la Convención contra la Tortura nadie, sea quien sea, puede ser devuelto a un país donde corra peligro de ser torturado.
Los refugiados que huyen de las violaciones de derechos humanos se enfrentan muchas veces a peligros adicionales cuando tratan de escapar. Unos 1.100 miembros de la minoría étnica karen huyeron de Myanmar a Tailandia en 1997, después de que las fuerzas de seguridad birmanas destruyeron sus casas y reasentaron por la fuerza a miembros de su comunidad. Las autoridades tailandesas ordenaron a estos refugiados que regresaran a Myanmar, y los soldados tailandeses sacaron a rastras a refugiados de sus escondites, propinándoles patadas y golpeándolos con las culatas de sus rifles. En medio del pánico, un bebé de tres días cayó al suelo y murió al fracturarse el cuello.
El hecho de que la tortura siga siendo una práctica muy extendida en el mundo significa que hombres, mujeres, niños y niñas siguen buscando asilo para huir de ella. El esfuerzo por garantizar que estas personas reciben protección es parte integrante de la lucha contra la tortura.
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Cuando una persona consigue huir de su país y solicitar asilo en otro, la decisión sobre si debe concedérsele la condición de refugiado la adopta el Estado receptor. Sin embargo, la disposición de los gobiernos a ofrecer asilo ha disminuido drásticamente en los últimos años. Muchos gobiernos dedican sus esfuerzos a mantener a los refugiados alejados de sus fronteras, o tratan a esos refugiados con dureza con la esperanza de disuadir a otros de que acudan a solicitar asilo. Algunos Estados que tradicionalmente habían acogido a grandes números de refugiados están rechazándolos porque la comunidad internacional se niega a compartir la responsabilidad y el coste de protegerlos. De hecho, muchos países están aplicando una interpretación más restrictiva de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados. A consecuencia de todo ello, muchas personas que huyen de la tortura son devueltas a sus perseguidores.
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