La lucha contra la tortura: Programa de acción
Poner fin al comercio de la tortura
Los gobiernos y las empresas que proporcionan formación y armas a torturadores de todo el mundo provocan un inenarrable sufrimiento. En el mundo entero, fabricantes y comerciantes se han beneficiado de un comercio de tortura que, en demasiados casos, ha contado con la complicidad de los gobiernos.
La mayor parte de las exportaciones militares y de seguridad del mundo proceden de un pequeño grupo de países entre los que se encuentran Alemania, Bulgaria, China, Estados Unidos, la Federación Rusa, Francia, Israel, Reino Unido, Rumania, Sudáfrica y Ucrania. Esta lista incluye a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la
ONU.
Algunos de los instrumentos de tortura con los que se comercia parecen casi medievales: cadenas, grilletes, empulgueras, esposas y látigos. Sin embargo, en los últimos años se ha producido una notable expansión de la tecnología de electrochoque. La tecnología de electrochoque se desarrolló inicialmente en Estados Unidos en los años setenta, y este país sigue estando a la cabeza de este comercio. La investigación llevada a cabo por Amnistía Internacional ha revelado la existencia de 78 empresas estadounidenses que han fabricado, comercializado, comprado o vendido dispositivos de electrochoque.
Uno de los inventos más siniestros es el cinturón paralizante. Se trata de un dispositivo en forma de cinturón que se le pone a la víctima, a veces durante horas, y que puede aplicar una descarga de 50.000 voltios, de ocho segundos de duración, con tan sólo pulsar un botón a una distancia de hasta 90 metros. La descarga causa la incapacitación en los primeros segundos, y un agudo dolor que se intensifica durante los ocho segundos. Wendell Harrison, que recibió descargas con uno de estos cinturones durante su juicio en Estados Unidos en 1996, describió un «dolor atroz, como si me hubieran insertado una aguja muy larga por la espina dorsal hasta la base del cráneo». Dos años después aún sufría pesadillas e insomnio a causa de aquello.
Los efectos inmediatos de la tortura con descargas eléctricas varían, pero incluyen un dolor intenso, pérdida del control muscular, náuseas, convulsiones, desmayos y emisión involuntaria de orina y heces. También se han documentado rigidez muscular y daños a largo plazo en los dientes y el cabello, así como daños mentales devastadores que en ocasiones dan lugar a depresiones graves e impotencia.
El historial de derechos humanos de algunos países que han recibido este tipo de instrumentos sólo sirve para acrecentar la preocupación de Amnistía Internacional. En abril de 1998 se publicaron en la revista
Time los resultados de una investigación de documentos del Departamento de Comercio de Estados Unidos que concluía que se había aprobado «una docena de envíos de pistolas paralizantes y porras de electrochoque» que habían salido «durante la última década hacia Arabia Saudí», un país en el cual se han registrado casos de tortura mediante descargas eléctricas.
Es posible que la tecnología de electrochoque se iniciara en Estados Unidos, pero actualmente se ha convertido en un negocio mundial. La investigación llevada a cabo por Amnistía Internacional muestra que, durante la última década, más de 120 empresas con sede en 22 países han fabricado, vendido, anunciado o adquirido armas de electrochoque.
El comercio mundial de material militar y de seguridad requiere unos estrictos controles nacionales e internacionales. Estos controles deben ser claros, detallados y exhaustivos para garantizar que los Estados no pueden exportar material, formación o personal a clientes que puedan utilizarlos para cometer violaciones de derechos humanos.
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Los torturadores se habían marchado, pero el horror permanecía. Allí estaba el poste al que te sujetaban para flagelarte, y también las rejas de las ventanas a las que los presos permanecían atados, desnudos, durante días, mientras les arrojaban agua helada por la noche. También estaban los cables eléctricos de la pequeña dinamo (felizmente los interrogadores se habían llevado la maquinaria a Israel) que hacía gritar de dolor a los internos cuando los electrodos les tocaban los dedos o el pene. Y también estaban las esposas que un ex preso me entregó ayer por la tarde.
En el acero estaban grabadas las palabras: «The Peerless Handcuff
Co. Springfield, Mass. Made in USA». Y yo me preguntaba, en la prisión más ignominiosa de Israel, si los directivos de Springfield sabían lo que hacían cuando vendían estas esposas.
Las utilizaron durante años para sujetar los brazos a los presos antes del interrogatorio. Y luego los internos las llevaban puestas, día y noche, mientras los pateaban...
El periodista Robert Fisk describe el Centro de Detención de Jiam tras la retirada israelí del sur del Líbano en mayo del 2000.
(The Independent, 25 de mayo de 2000.)
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Centro de detención de Jiam, en el sur del Líbano. La fotografía muestra a De Gaulle Boutros al lado de una torre de alta tensión de la que fue colgado con una capucha en la cabeza. Mientras estaba colgado le arrojaron agua con una manguera, le aplicaron descargas eléctricas y le golpearon con cables eléctricos.
En mayo de 2000 se abrieron las puertas del centro de detención de Jiam y los últimos 144 presos fueron puestos en libertad. Los detenidos en el centro, regentado por la milicia del Ejército del Sur del Líbano en cooperación con el ejército israelí eran torturados de forma habitual.
©Ina Tin/AI
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