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Torturas a niños
Los niños en contacto con la ley

Los niños que se ven obligados a vivir en las calles están especialmente expuestos a la detención arbitraria y a los malos tratos. Muchos sobreviven recurriendo a la mendicidad, el hurto o la prostitución, actividades que con frecuencia los ponen en manos de la policía. En ocasiones, estos niños de la calle se convierten en víctimas de campañas de «limpieza social» en las que los empresarios locales pagan para que los echen del lugar, los ataquen e incluso para que los maten. Otras veces son detenidos y sometidos a malos tratos en virtud de leyes que tipifican como delito la indigencia, el vagabundeo y la mendicidad.

En muchos países, el trato que reciben los niños recluidos en centros de detención de menores pone en serio peligro su salud y su bienestar. En Estados Unidos ha habido denuncias según las cuales el personal de los centros para menores han propinado puñetazos y patadas a los niños que tienen bajo su cuidado, los han encadenado, los han rociado con productos químicos y han usado contra ellos dispositivos de electrochoque. Por ejemplo, una investigación llevada a cabo por el Departamento de Justicia en Kentucky concluyó que los funcionarios de un centro de detención del condado utilizaban habitualmente pistolas paralizantes de electrochoque y pulverizadores de pimienta para controlar a los jóvenes que no colaboraban y separar a los que peleaban. Los niños detenidos en ese centro también denunciaron que los funcionarios los golpeaban.

El grave hacinamiento causado por la saturación del sistema de detención de menores de São Paulo, Brasil, dio lugar a una oleada de disturbios en septiembre de 1999. Las imágenes de televisión que mostraban a guardias encapuchados golpeando a muchachos y a policías antidisturbios disparando balas de goma contra los familiares angustiados que aguardaban noticias a las puertas de un centro despertaron la indignación pública. Tras años de negligencia, las condiciones de los centros de detención de menores son espantosas. Los muchachos duermen en colchones mugrientos sobre el suelo de cemento, dos o tres muchachos en cada colchón. Las celdas están tan abarrotadas que muchos tienen que dormir sentados. Puesto que no les permiten salir al retrete durante la noche, los colchones están manchados de orina, y la mayoría de los jóvenes padecen problemas de piel. Los chicos denuncian agresiones sistemáticas de los guardias, como por ejemplo palizas nocturnas con palos y barras de hierro.

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Los niños bajo custodia policial están especialmente expuestos a la violación y a los abusos sexuales por parte tanto de la policía como de otros detenidos. N.J. (se ha ocultado su nombre completo), una niña de 11 años que vivía en un campo de desplazados internos a las afueras de Jartum, Sudán, fue detenida en mayo de 1999 por cuatro agentes de policía que la tomaron por una vagabunda. Los policías la llevaron a una comisaría donde, según los informes, uno de ellos la desnudó por la fuerza y la violó delante de los otros tres. Luego la llevó al hospital, diciendo que la había encontrado tendida en la calle y que sufría malaria y meningitis. Los médicos le aplicaron un tratamiento contra la malaria durante cinco días, hasta que descubrieron que había sido violada. Los procedimientos que se iniciaron contra los agentes parecen haberse estancado.