Tortura e identidad sexual
Los prejuicios institucionalizados
La tortura y los malos tratos no se limitan a los países en los que la homosexualidad es ilegal. Los prejuicios institucionalizados significan que los gays, las lesbianas, los bisexuales y los transexuales que entran en contacto con la ley por otros motivos pueden, a causa de su orientación, sufrir abusos, en especial la violación u otras formas de violencia sexual.
Los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales encarcelados suelen encontrarse en el escalón más bajo de la jerarquía penitenciaria. En Jamaica, 16 presos resultaron muertos y 40 heridos en unos ataques contra gays ocurridos en la Prisión del Distrito de St. Catherine y en la Penitenciaría General de Kingston en agosto de 1997. Los disturbios comenzaron cuando el director general de Servicios Penitenciarios anunció su intención de repartir condones entre los guardias y los presos en un esfuerzo por controlar la propagación del VIH y el sida. Los guardias abandonaron la prisión en señal de protesta por la insinuación de que estaban manteniendo relaciones homosexuales con los reclusos (las relaciones entre personas del mismo sexo son ilegales en Jamaica). Los presos iniciaron una revuelta en la que se dedicaron a atacar a los internos a los que consideraban gays. No se tiene noticia de que se hayan emprendido acciones contra las autoridades penitenciarias.
Ante la ausencia de una protección efectiva contra la tortura y otro tipo de abusos, muchos gays, lesbianas, bisexuales y transexuales se ven obligados a huir de su país en busca de un lugar donde su integridad física no peligre. Desde 1992, cuando Canadá concedió el asilo a un gay argentino que había sido torturado por la policía a causa de su orientación sexual, un número cada vez mayor de países han aceptado solicitudes de asilo basadas en motivos similares. No obstante, a muchos de estos solicitantes de asilo les resulta difícil presentar pruebas que respalden su solicitud, ya que la persecución por causa de la orientación sexual en su país no está suficientemente documentada por las organizaciones de derechos humanos y otras fuentes fiables.
Otros tienen miedo de hablar abiertamente sobre su orientación sexual ante las autoridades de inmigración. Por ejemplo, F.C., un hondureño que pidió asilo en Estados Unidos, omitió detalles importantes de los malos tratos homófobos de los que huía porque temía que los demás internos del centro de detención de inmigración lo trataran con violencia si desvelaba su orientación sexual. Su solicitud de asilo fue denegada.
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La tortura y los malos tratos no se limitan a las prisiones o las comisarías. También pueden tener lugar durante redadas en bares u otros lugares públicos de reunión. Rebecca Sevilla, defensora de los derechos humanos de Perú, recuerda una serie de redadas llevadas a cabo en bares y clubes de Lima en 1994: «[...] hubo una redada muy violenta en la capital, en la que unas 75 lesbianas sufrieron palizas y malos tratos a manos de la policía. A las prostitutas las tratan muy mal en la cárcel. Pero el trato que recibieron las lesbianas fue todavía peor. A las lesbianas les dieron una brutal paliza porque, por muy degradante que sea la prostitución, se considera un comportamiento normal, mientras que el lesbianismo se ve como una amenaza para el statu quo». Las redadas llevadas a cabo más recientemente por la policía peruana en bares de gays y lesbianas de Lima también se han saldado con palizas e insultos
homófobos.
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