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Tortura e identidad sexual
La discriminación en la ley

Decenas de países consideran delito la homosexualidad, lo cual puede llevar a que los homosexuales sean detenidos y encarcelados por mantener relaciones sexuales en privado y de mutuo acuerdo, por reunirse con sus amigos o, incluso, por «parecer gays». Los detenidos pueden ser sometidos a torturas o malos tratos para obligarlos a confesar su «delito» o como castigo por él.

También en otros países la ley establece castigos corporales que constituyen tortura o malos tratos para sancionar ciertas formas de comportamiento sexual, incluidos los actos homosexuales. El 16 de abril del 2000, la agencia Associated Press informó de que un tribunal de Arabia Saudí había condenado a nueve jóvenes a penas de prisión y a hasta 2.600 latigazos cada uno por «comportamiento sexual desviado», al parecer a causa de su orientación sexual.

Tal como ilustran estos ejemplos, las leyes que castigan la homosexualidad no sólo privan a un sector de la población de sus derechos humanos fundamentales sino que además pueden servir como licencia para someter a torturas o malos tratos a los detenidos. Amnistía Internacional hace campaña contra esas leyes y considera que los individuos encarcelados exclusivamente a causa de su orientación sexual son presos de conciencia.

 

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La penalización de la homosexualidad en Rumania ha sido durante muchos años un terreno abonado para la tortura. En 1992, Ciprian Cucu publicó en un periódico local rumano un anuncio personal al que respondió Marian Mutascu. Los dos vivieron juntos durante casi dos meses, ocultando su relación a sus familias. Sin embargo, al final los familiares de Ciprian Cucu denunciaron su relación a la policía. Los dos fueron declarados culpables y condenados a penas condicionales de prisión. Pese a los llamamientos internacionales en su favor, no se llevó a cabo ninguna investigación sobre la tortura de la que habían sido víctimas. Marian Mutascu no pudo recuperarse de la experiencia: en 1995 se suicidó.