«Tortura legal»: la pena judicial de castigo corporal
Cuando se acusa a los gobiernos de cometer tortura o malos tratos, la respuesta más habitual es una negativa. Niegan que los hechos hayan ocurrido, que el gobierno haya tenido conocimiento de ellos o que las autoridades hayan sido responsables. El castigo corporal de los presos es una de las pocas excepciones. Estos castigos los imponen los tribunales como sanción penal, y también se imponen por orden administrativa como medida disciplinaria. Son llevados a cabo por funcionarios del Estado, en ocasiones en público, y están revestidos del manto de respetabilidad que rodea los castigos «legales».
Las víctimas de amputaciones, mutilaciones y marcados no sólo quedan lisiadas para siempre, sino que durante el resto de su vida llevan el estigma de criminales. En Irak, por ejemplo, tras la guerra del Golfo, a algunas personas declaradas culpables de delitos como el robo o la deserción del ejército las marcaron grabándoles una «X» en la frente.
Algunos defensores de la pena judicial de castigo corporal la justifican por motivos religiosos o culturales. Sin embargo, la cultura no es estática, y las tradiciones se remodelan constantemente a partir de las nuevas realidades. Castigos que en el pasado pudieron estar ampliamente aceptados hoy día parecen manifiestamente crueles y degradantes. Los activistas locales de derechos humanos luchan cada vez más enérgicamente contra estas prácticas, utilizando como fundamento la universalidad de los derechos humanos.
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Dos guardias de la prisión me llevaron a la sala de flagelación [...]. Temblaba y sudaba de miedo [...]. Luego oí la vara. Una fracción de segundo después noté cómo me desgarraba las nalgas. Grité y me revolví como un animal enloquecido [...]. No podía controlar mis gritos. Los golpes siguieron, imparables, minuto a minuto. Hay presos que se orinan e incluso se desmayan por el dolor [...]. Las nalgas se me hincharon hasta el doble de su tamaño normal [...]. El dolor te abrasa la mente mucho después de que todo haya terminado. Todavía hoy tengo pesadillas sobre aquello.
Éstas son las palabras de un hombre de 40 años que recordaba el dolor, el miedo y la humillación que sintió al ser flagelado con una vara en Singapur cuando tenía 17 años. En algunos países hay víctimas a las que han condenado a penas de hasta cien latigazos; a consecuencia de ellas, algunos han sufrido discapacidades permanentes, y otros han muerto.
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