Introducción
Imagínese que lo detienen y lo encarcelan pero no
le dicen por qué. No le permiten que llame a nadie por teléfono,
ni que se ponga en contacto con nadie del exterior. Eso sólo ya
bastaría para infundir terror. Ahora imagínese que sus carceleros
empiezan a torturarlo. La única forma de que paren es firmando una
confesión, lo que al final usted acaba por hacer. Entonces lo someten
a un juicio sumario que celebran en secreto y lo declaran culpable
basándose en esa «confesión». No tiene acceso a un abogado y no
le permiten que se defienda usted mismo. Por último, imagínese que
vive en un país en el que el castigo tras una justicia tan sumaria
puede ser la muerte, la amputación de una parte de su cuerpo, o
la flagelación.
Es difícil imaginar un terror y una injusticia semejantes. Y, sin
embargo, es lo que sufre de forma rutinaria la población de Arabia
Saudí, sin que los gobiernos del mundo alcen la voz para impedirlo.
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