

Ocho años después de la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos en 2003, la situación de los derechos humanos en el país sigue siendo alarmante. En Irak continúa registrándose un elevado índice de actos violentos, como los perpetrados por grupos armados que han lanzado ataques indiscriminados y selectivos contra civiles.
Miles de personas, algunas de ellas transferidas recientemente de la custodia de Estados Unidos, continúan recluidas sin cargos ni juicio. Muchas de las personas detenidas no han visto a un abogado ni han tenido la oportunidad de impugnar la legalidad de su detención. Un gran número de ellas no ha tenido contacto con el mundo exterior, y algunas han estado recluidas en cárceles secretas.
Se sabe que varios detenidos murieron bajo custodia, al parecer a consecuencia de la tortura o los malos tratos infligidos por interrogadores o guardas penitenciarios iraquíes. Miles de personas continúan recluidas a pesar de que se han dictado órdenes judiciales para que queden en libertad.
La tortura y otros malos tratos son prácticas sistemáticas en los centros de detención iraquíes y se utilizan de forma generalizada para obtener “confesiones”. Mujeres y hombres han contado a Amnistía Internacional que han sufrido violaciones, palizas con cables y mangueras, descargas eléctricas, fracturas de extremidades y otros abusos.
Los efectos de la tortura en la salud de las víctimas se prolongan más allá del sentimiento inmediato de miedo y dolor. Las consecuencias a largo plazo incluyen cicatrices, lesiones en órganos internos a causa de las infecciones, y diversos problemas psicológicos.
Las autoridades iraquíes han anunciado investigaciones sobre algunos de los casos de presuntas torturas que han tenido mayor repercusión, pero los resultados de estas investigaciones, si es que se llevaron a cabo, no se han dado a conocer, ni los responsables han sido procesados.
Las personas recluidas en prisiones y centros de detención en Irak soportan condiciones terribles. El hacinamiento es un grave problema en la mayoría de las cárceles iraquíes, en donde los internos están apiñados en espacios sin apenas ventilación. El hacinamiento, junto con la escasez de agua potable e instalaciones de saneamiento adecuadas, hace que las infecciones y enfermedades se propaguen con rapidez.