
Un Tratado sobre el Comercio de Armas efectivo no es un tratado de prohibición de armas, sino que debe garantizar que los Estados controlan rigurosamente la exportación, importación y transferencia internacional de todo tipo de armas de uso militar, policial y de seguridad, incluyendo equipos, munición y formación. Esto es esencial para impedir que se utilicen estas transferencias para cometer o facilitar que se cometan violaciones graves de derechos humanos o que se desvíen al comercio ilícito, al mercado ilegal o a usuarios finales ilegítimos que, además, acaban frenando el desarrollo socioeconómico y contribuyendo a la pobreza.
Un Tratado Internacional sobre el Comercio de Armas debe respetar la Regla de Oro que prohíbe las transferencias de armas cuando existe riesgo sustancial de que las armas vayan a ser utilizadas para cometer violaciones graves de los derechos humanos. También debe regular la concesión de licencias, la transparencia y la presentación de informes anuales completos. Debe tener un mecanismo efectivo para vigilar su cumplimiento, prever sanciones penales y administrativas y garantizar la rendición de cuentas.
Amnistía Internacional advierte, además, de que si el Tratado no cubre explícitamente ciertos tipos de equipo de seguridad y policial, como armas de fuego de uso no militar, armas antidisturbios, vehículos para controlar multitudes, munición de escopeta y gas lacrimógeno, muchos Gobiernos no impedirán que esas armas se suministren y provoquen graves violaciones de derechos humanos, tal y como ha sucedido en países del norte de África y Oriente Próximo en 2011.
Cuando el tratado exista y se aplique correctamente se reducirán las muertes que la proliferación de armas convencionales provoca y garantizará que los exportadores e importadores de armas cumplen las normas comunes de uso, gestión y transferencia de armas. El mundo será, por fin, un lugar más seguro donde vivir.
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