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Inicio Actúa Oriente Próximo: Hay que investigar los crímenes de guerra Diarios de la misión Día 6 de agosto

Sidón, 6 de agosto
Hoy nos dirigimos al sur de Beirut, con rumbo a Sidón, pasando delante de más infraestructuras destruidas por los bombardeos israelíes. En una parte, la carretera se hundía en un inmenso cráter causado por una bomba, y los vehículos se veían obligados a cruzar cuidadosamente, de a uno, un “puente” improvisado con chapas de metal que cubría la enorme fosa.
Reunión con gente desplazada
Más adelante tuvimos que dar un rodeo alrededor de un paso elevado que se había desmoronado a causa de otro ataque aéreo israelí.
Nos reunimos con gente desplazada de varios pueblos que habíamos visitado unos días antes. Entre ellos había sobrevivientes de los bombardeos israelíes en Marwahin, Aitaroun y Srifa.
Estas personas estaban viviendo en centros para desplazados internos improvisados, en su mayoría, en escuelas y edificios públicos.
La historia de Aitaroun
Las fuerzas israelíes han atacado Aitaroun con bombardeos aéreos y fuego de artillería. Un hombre nos contó que el 17 de julio habían muerto 13 civiles, entre ellos nueve menores y cinco personas de avanzada edad. Otras nueve personas habían perdido la vida al día siguiente. Algunos de los sobrevivientes de los ataques contra Aitaroun todavía estaban hospitalizados y no sabían que sus familiares habían muerto.
No hay manera de saberlo
También hablamos con una familia de la zona de Hay Mahfara, de Srifa, que había huido el primer día de los bombardeos, creyendo que sólo se ausentarían uno o dos días. Más de tres semanas después, ni siquiera sabían si su casa seguía en pie o había sido destruida como tantas otras. Una mujer, madre de tres niños, nos dijo que había oído rumores de que su casa había sido destruida pero también de que estaba intacta. No tenía manera de averiguarlo.
Un hombre nos dijo que sus primos de Brasil, que estaban de visita, habían muerto tres semanas antes a causa de un bombardeo aéreo israelí. La familia entera había sido aniquilada. Aqil Mara’I y su esposa Ahlam Jaber, ambos en su treintena, así como su hijo Hedi, de siete años, y su hija Zainab, de cuatro, habían perecido en un ataque lanzado contra el edificio de tres pisos en el que se alojaban. Sus cadáveres habían permanecido enterrados bajo los escombros hasta el día siguiente.
Sobrevivientes de Marwahin
Nos reunimos con varias personas del pueblo de Marwahin que habían sobrevivido a una matanza de 25 civiles, en su mayoría mujeres, niñas y niños, ocurrida el 12 de julio, primer día del conflicto. Cuando el ejército israelí avisó a los residentes que debían marcharse, centenares de personas se congregaron en la plaza principal de Marwahin, localidad de unos 3.000 habitantes, y se dirigieron a la base de la FPNUL (Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano), cerca del pueblo, para buscar refugio, pero no los dejaron entrar. Algunas personas regresaron a sus hogares, temerosas de usar la carretera para salir del pueblo, y decenas de personas decidieron marcharse en un convoy de varios automóviles y camionetas.
La caravana se trasladaba por la carretera de la costa hacia la ciudad de Tiro cuando fue blanco del fuego de artillería israelí. Tuvo que dar la vuelta un par de veces y después continuó su camino. Cuando llegó a las inmediaciones de la zona de Al Bayada fue atacada nuevamente y el segundo y tercer vehículos, una camioneta y un automóvil, fueron alcanzados por el fuego. Al parecer, el primer proyectil fue disparado por la armada israelí, cuyas naves estaban sitiando la costa libanesa, y fue seguido de al menos dos misiles disparados desde helicópteros israelíes. Todas las personas que viajaban en el camión y dos de las que viajaban en el automóvil que iba detrás perdieron la vida y varias resultaron heridas.
Los pasajeros del primer automóvil dijeron que tenían miedo de detenerse y siguieron su camino en dirección a Tiro, donde, posteriormente, se enteraron de la suerte corrida por sus compañeros de viaje. Los pasajeros de los demás vehículos regresaron al pueblo, donde, según dijeron, vivieron con el temor de que los mataran hasta unos días después, cuando pudieron marcharse. Algunas personas de avanzada edad habían permanecido en el pueblo y sus familiares llevaban más de tres semanas sin poder comunicarse con ellas debido a que los caminos de acceso al pueblo y la red eléctrica de la zona habían sido destruidos por las bombas lanzadas por las fuerzas israelíes al principio del conflicto.
Las familias de dos hombres ancianos dijeron que temían que estos pudieran haber muerto y nos preguntaron si podíamos ayudarlas a averiguar la suerte que habían corrido. Algunos residentes de Aitaroun también nos dijeron que sus esposas e hijos permanecían en el pueblo pero que no sabían qué les había ocurrido y esperaban que pudiéramos conseguir noticias de ellos. No obstante, ni nuestra delegación ni otras ONG o periodistas tienen manera de ayudarlos. Nadie puede llegar a este u otros pueblos porque cualquiera que se desplazara por las vías que conducen a la mayoría de los pueblos del sur de Líbano correría el riesgo de ser blanco de los bombardeos aéreos y el fuego de artillería de las fuerzas israelíes.
Imposible sacar los cadáveres de los escombros
Un hombre joven a cuya madre buscamos la semana pasada en el pueblo de Ainata nos dijo que seguía sin recibir noticias de ella desde el estallido del conflicto. La semana pasada, cuando se enteró de que nos hallábamos en la zona en la que está situado su pueblo, nos pidió que fuéramos a la casa de su madre para averiguar qué le había ocurrido. Cuando llegamos al pueblo lo encontramos desierto; muchas de las casas, incluida la de esta mujer, habían sido destruidas. Pudimos ver el interior de las dos primeras habitaciones, pero la cocina y el baño estaban totalmente aplastados y no pudimos determinar si la mujer yacía bajo los escombros, porque para moverlos habría sido preciso contar con maquinaria pesada. Pero el pueblo no disponía de ese tipo de maquinaria y no se pudo conseguir que viniera alguien con ella. Cuando visitamos el pueblo, durante el periodo de 48 horas en el que estuvo en vigor la suspensión de los ataques aéreos anunciada por las autoridades israelíes, continuaba el nutrido fuego de la artillería israelí alrededor de este y otros pueblos de la zona. Desde entonces se han reanudado los bombardeos israelíes y es imposible circular por la mayoría de los pueblos del sur de Líbano y sus inmediaciones.
También nos reunimos con varias familias oriundas del pueblo de Srifa, que habíamos visitado unos días antes. No nos atrevimos a describirles la magnitud de la destrucción que habíamos presenciado en el pueblo, donde muchas decenas de casas habían sido literalmente pulverizadas por los reiterados ataques aéreos israelíes y los cadáveres de algunos residentes seguían enterrados bajo los escombros de sus casas.

Nahariya, 6 de agosto
Hoy nuestra delegación continuó su camino en dirección al norte, con rumbo a la ciudad de Nahariya, que está situada a unos 8 km de la frontera con Líbano y es una de las ciudades más afectadas por los cohetes. Según funcionarios de la policía y la municipalidad, aproximadamente 350 cohetes y misiles han estallado dentro de los límites de la ciudad y otros 450 en las inmediaciones. La municipalidad nos dijo que dos personas habían muerto y 68 habían resultado heridas en la ciudad y que calculaban que más de 1.000 casas habían sufrido daños. Normalmente Nahariya es una ciudad turística de mucho movimiento en verano, pero cuando llegamos estaba prácticamente desierta.
Visita al Western Galilee Hospital
Tras una breve sesión informativa a cargo de una persona que oficiaba de portavoz de la municipalidad, nos dirigimos al Western Galilee Hospital en Nahariya. El hospital calculaba que había proporcionado tratamiento a 1.300 pacientes, de los cuales aproximadamente el 65 por ciento eran casos de traumas psicológicos. Otras personas presentaban lesiones más graves, como un tendero de Nahariya que había perdido una pierna cuando un cohete Katyusha cayó cerca de su comercio. El hospital había construido unos pabellones subterráneos que tenían todo tipo de instalaciones, desde una unidad de diálisis hasta una red de caminos. El director adjunto del hospital nos dijo que habían construido los pabellones subterráneos con la esperanza de que nunca tuvieran que usarlos. Poco después del estallido de la guerra habían podido trasladar muchos de los servicios básicos a los pabellones subterráneos o a salas más seguras del hospital. Desde las ventanas orientadas al norte se podían ver claramente las colinas de Líbano.
Hospital al alcance del fuego
De hecho, el hospital había sufrido un impacto directo. Un cohete había alcanzado una sala pocos días después de haber sido trasladados a otra parte todos los pacientes que se alojaban en ese piso. Aunque una sola sala resultó afectada directamente, todas las salas que vimos en ese piso presentaban daños patentes. Mientras examinábamos los daños ocasionados por el cohete, las sirenas sonaron por primera vez en un día en que sonarían muchas veces y aprovechamos la oportunidad para visitar los pabellones subterráneos.
En el subterráneo vimos todo tipo de cosas, desde pacientes que estaban recibiendo su tratamiento periódico de diálisis y una guardería para hijos de empleados hasta pacientes heridos. Algunos de los heridos eran personas mayores que se habían caído cuando corrían a guarecerse en los refugios. Entre ellas había una mujer de 66 años que se había roto el fémur al caer escaleras abajo cuando trataba de llegar al refugio situado en el sótano de su edificio, y una mujer de 84 años que se había caído al estallar una bomba cerca del refugio en el que se hallaba, cuando estaba tratando de llegar al baño del refugio. También hablamos con un niño de 13 años lesionado en el mismo incidente en el que habían perecido cinco personas en Acre el día anterior a nuestra llegada. La madre del niño dijo que consideraba que esa era la fecha de nacimiento de su hijo, ya que, como la explosión no lo había matado y sólo le había causado lesiones, el niño había nacido de nuevo.
Entre los demás pacientes que conocimos había un niño de cinco años proveniente del pueblo árabe de Maj’d al-Krum, herido por el mismo misil que había segado la vida de dos de sus tíos. Cuando estalló la bomba estaba sentado en el automóvil de su tío, tomando un helado.
Visita a refugios públicos
Después del hospital visitamos algunos de los refugios públicos en los que muchos residentes de la ciudad habían pasado 26 días bajo tierra. Las emociones de las personas con las que hablamos eran variadas: resignación, indignación, una furia apenas contenida. En el primer refugio que visitamos la mayoría de la gente no había dormido allí porque por las noches caían menos cohetes, pero muchos pasaban allí el día entero y salían apenas una hora al día para hacer compras u otros recados. Había entre 20 y 40 personas, entre ellas unos cinco menores. Nos dijeron que la familia con menores de edad dormía en el refugio. Varias personas nos dijeron que las familias que tenían niños estaban actuando con mayor precaución.
Miedo sobrecogedor
En el segundo refugio que visitamos, a sólo una manzana de distancia, la situación era muy diferente. El refugio servía de “hogar” a unas 40 personas, entre ellas 10 menores. La mayoría había estado viviendo allí las 24 horas del día desde el segundo día del conflicto, cuando cayeron los primeros cohetes en Nahariya. Nos dijeron que, como estaban tan cerca de la frontera, era frecuente que las sirenas sonaran después de estallar las bombas o al mismo tiempo que ellas. Por eso, muchos temían salir al exterior. Una mujer nos dijo: “Todo lo hacemos con miedo. Comemos con miedo, estamos sentados con miedo. Nos duchamos con miedo. Dormimos con miedo”. Todas las personas con las que hablamos en el refugio nos dijeron que tenían los nervios destrozados y a flor de piel. El mayor problema era no saber cuándo acabaría todo.
Actualización: Haifa, alcanzada por varios cohetes
Al marcharnos de Nahariya nos enteramos de que varios cohetes habían caído sobre Haifa. Llegamos a Haifa poco después de que los muertos y heridos fueran sacados de los escombros y trasladados al hospital. Visitamos tres de los lugares alcanzados por los cohetes: un edificio que se había derrumbado por completo y otros dos que habrían sufrido daños graves. Volvimos a ver las mismas marcas de las bolas de metal que habíamos visto en todos los demás lugares que habían sido blanco de cohetes.
Después nos dirigimos al Hospital Rambam para tratar de reunir información sobre las víctimas. El hospital dijo que habían muerto tres personas y que estaban tratando a más de 60 heridos. En los otros dos hospitales de la ciudad habían ingresado más de 100 personas. A la mayoría de ellas les habían administrado tratamiento para el shock y las habían dado de alta; todavía estaban recopilando datos numéricos sobre los demás casos.
Cuando lo visitamos, el hospital acababa de comenzar el proceso de evacuación de más de 100 pacientes de la sala de oncología para llevarlos al sótano. A diferencia del hospital de Nahariya, que contaba con instalaciones especialmente diseñadas, en Rambam simplemente estaban trasladando a los pacientes a un área que antes se había utilizado como depósito y en la que se había instalado aire acondicionado para usarla en caso de emergencia. La sala de maternidad y la unidad de cuidados intensivos pediátricos habían sido trasladadas con anterioridad. Estas salas, con ventanas orientadas al norte, tenían vista al mar. Esto proporcionaba a los pacientes una vista apacible que se consideraba que contribuiría a su cura. Nos dijeron que, dadas las circunstancias, tras la reciente andanada de misiles sobre la ciudad, se había vuelto demasiado peligroso alojar a los pacientes en esas salas.