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Día 4 de agosto

Visita a Líbano

En pueblo tras pueblo hemos visto cuadros similares: los rastros de una huida apresurada, la comida y la ropa lavada abandonadas como si las familias hubieran pensado que no se iban a ausentar mucho tiempo. Los cuerpos de personas muertas en sus casas siguen yaciendo bajo los escombros. En algunos pueblos, el olor fétido de los cadáveres en descomposición es insoportable. A menudo los perros que deambulan entre los escombros dan la pista de dónde hay cuerpos enterrados.

 

Sur de Líbano, 31 de julio – 1 de agosto

 

La suspensión de los ataques aéreos durante 48 horas anunciada por las autoridades israelíes permitió que se rescataran varios cadáveres. En algunas zonas, el Comité Internacional de la Cruz Roja y la Cruz Roja Libanesa no pudieron llegar a los lugares donde yacían los cadáveres porque no había garantías de las fuerzas armadas israelíes de que pudieran hacerlo sin peligro.

 

Bint Jbail

 

Les tocó a los periodistas sacar los cuerpos de entre los escombros y transportarlos, cargándolos sobre puertas, a las ambulancias que aguardaban en zonas menos expuestas. En Bint Jbail, tres periodistas nos contaron que habían transportado cadáveres, y también que una mujer angustiada que hurgaba con las manos entre los escombros les había pedido que la ayudaran a encontrar a su hermana entre las ruinas de una casa demolida. La mujer no había podido acercarse a la casa antes debido al constante fuego israelí en la zona. La ayudaron, y finalmente encontraron a dos mujeres ancianas, una de ellas, con discapacidad, postrada en una cama, y a un hombre anciano, todos vivos bajo los escombros. La mujer postrada había estado haciendo sus necesidades en la cama, donde llevaba días, y su hermano había tenido que atarle las manos porque se las estaba mordiendo y despellejando.

 

Srifa

 

En Srifa, donde en la noche del 18 al 19 de julio unas 15 personas murieron en sus casas, vimos una cabeza que se asomaba entre los escombros de una casa demolida. El cuerpo estaba totalmente atrapado bajo escombros pesados que no se podían mover sin usar maquinaria pesada de la que no se disponía en el pueblo. Quedan más cuerpos, pero no se puede llegar a ellos.

 

En varios pueblos oímos muchos relatos sobre los efectos que está teniendo este conflicto en la vida diaria de la gente.

 

Se han destruido supermercados, en el marco, al parecer, de la campaña dirigida a empujar a abandonar sus pueblos a las personas que han permanecido en ellos pese a habérseles cortado los suministros del mundo exterior.

 

En los primeros ataques se destruyeron líneas de transmisión de electricidad, cortando así la comunicación con el mundo exterior, ya que la gente no tenía medios de recargar sus teléfonos móviles. Las líneas telefónicas de los escasos lugares que disponían de ellas –hospitales, algunos edificios municipales– fueron cortadas al principio.

 

En todo el camino hacia el sur de Líbano las gasolineras han quedado destruidas por los bombardeos realizados en los primeros días del conflicto y, como los camiones han sido objeto de ataques aéreos desde el comienzo, los suministros de combustible no pueden llegar a las gasolineras de los pueblos. La falta de combustible es un problema agudo que hace difícil –y en muchos casos imposible– que los residentes abandonen la zona y que las personas que desean permanecer en sus pueblos reciban suministros. La gasolina que queda se vende a un precio muy elevado.

 

La gente teme usar las carreteras, y ello no ocurre solamente en el sur. Hasta en las afueras de Beirut, los que sí salen a la carretera tienen terror de pasar cerca de un camión, incluso camiones pequeños, ya que éstos han sido blanco especial de los ataques. Los automovilistas hacen maniobras riesgosas para adelantarse a los camiones –aunque sólo se trate de camiones que transportan frutas y verduras– y alejarse de ellos lo más rápidamente posible, ya que los ven como blanco probable de ataques.

 

El desplazamiento masivo y rápido de los habitantes de los pueblos del sur y la dificultad o imposibilidad de comunicarse con el mundo exterior han obstaculizado la ayuda a la población desplazada internamente, e incluso han dificultado la averiguación de quiénes se han desplazado, adónde y cuándo.

 

Los hospitales y otros centros no dan abasto. En otras partes del país, los familiares de residentes del sur sienten pánico. Nos han dicho que no tienen manera de recibir noticias de sus familiares del sur y no han podido trasladarse allí debido al riesgo que entraña usar las carreteras.

 

Sin teléfono o televisión, las noticias han sido transmitidas principalmente por periodistas, trabajadores de ayuda humanitaria y otras personas que se han trasladado de un pueblo a otro, pero las familias que viven en casas más aisladas han quedado completamente incomunicadas, con terror de quedarse y con terror de marcharse.

Visita a Israel 

Fotografía de casa destruida en Carmiel

Llegada a Tel Aviv

 

La delegación llegó a Tel Aviv y se dirigió directamente hacia el norte, con rumbo a Haifa. El día en que viajamos se produjo una de las más elevadas tasas de bajas civiles en Israel desde el comienzo del conflicto hace tres semanas, de modo que esperábamos que la situación fuera tensa.

 

Haifa

 

Desde Haifa, la primera visita que teníamos prevista era a la ciudad de Carmiel. Atravesando Haifa camino de Carmiel pudimos ver varios edificios dañados en ataques recientes con cohetes. Normalmente, un viernes por la mañana tanto Carmiel como Haifa habrían estado muy animadas con la gente que hacía sus compras para el día de descanso del sábado. Pero nos sorprendió mucho ver que todo estaba muy tranquilo, especialmente en Carmiel, donde prácticamente no había gente en la calle.

 

Carmiel

 

Nos reunimos con gente de la municipalidad de Carmiel que nos llevó a ver varias casas que habían sido alcanzadas por cohetes de Hezbolá. En la primera casa que visitamos, un cohete había atravesado el techo de un apartamento y había caído en el apartamento de abajo. Afortunadamente, cuando cayó el cohete no había nadie en el apartamento de arriba y nadie resultó gravemente herido en el de abajo. Ambos apartamentos han quedado inhabitables.

 

La municipalidad calcula que el 30 por ciento de la población ha abandonado la ciudad. Han tratado de calcular el número de personas que permanecen en la ciudad y el número de los que se han marchado contando los cubos de basura vacíos y llenos. La municipalidad de Carmiel, al igual que otras municipalidades de distintas zonas del país, está trabajando para suministrar servicios esenciales a los residentes que pasan la mayor parte del tiempo guarecidos en refugios o que temen salir de sus casas. Cuando detuvimos el vehículo frente al edificio, vimos que una docena de voluntarios estaban empaquetando comida para llevársela a la gente que quedaba en la ciudad. Calculaban que proporcionaban alimentos a unas 2.500 personas por día.

 

Acre

 

De Carmiel nos trasladamos a Acre, donde nuevamente nos reunimos con gente de la municipalidad. Acre es una ciudad mixta, con una abundante población de árabes israelíes (ciudadanos de Israel de origen palestino) Acre estaba aún más desierta que Carmiel, porque el día anterior cinco personas habían muerto por salir de su refugio prematuramente.

 

Nos dijeron que dos de las víctimas habían sido alcanzadas por las bolas de acero con las que se han cargado las ojivas de los cohetes. Además de dar muerte y causar heridas a muchos civiles, los cohetes, por dondequiera que íbamos, habían esparcido estas bolas de acero, dañando paredes, ventanas y hasta cercas de acero que a menudo todavía tenían las bolas incrustadas.

 

La mayoría de los lugares alcanzados por los cohetes habían sido limpiados y reparados, pero pudimos visitar un jardín de infancia que había sido atacado, aunque, afortunadamente, en un momento en el que no había niños en su interior. La banda sonora de ese día fue el ruido de las alarmas antiaéreas y los cohetes.

 

Ese día tuvimos que buscar refugio en más de diez ocasiones cuando sonaron las sirenas. En tres de esas ocasiones estábamos desplazándonos en nuestro vehículo y lo único que pudimos hacer fue detenernos rápidamente a un lado de la vía y tratar de pasar desapercibidos.

 

Frente al jardín de infancia nos encontramos con una mujer de 85 años que pasaba la mayor parte del tiempo sentada fuera del refugio porque era ciega y no podía subir y bajar las escaleras cada vez que sonaban las sirenas.

 

Recibimos informes de que en muchos barrios árabes no había sirenas antiaéreas o las existentes no funcionaban.

 

Para nosotros fue solamente un día, pero muchos israelíes llevan semanas viviendo de esta manera.