“Mi hija se esfumó”. Fue en mayo del 2003, cuando esperaba el autobús para ir a Moleros, donde estudiaba inglés e informática. Hasta las 72 horas no se investigó la desaparición y durante meses la respuesta de la policía fue que “mi hija era una noviera, una libertina y que se había escapado de casa. Incluso en la prensa se llegó a decir que vivía en una casa de citas”.
Algo parecido les ocurrió a más de 430 mujeres adolescentes e incluso niñas en Ciudad Juárez, y a 20 de Chihuaha, desde 1993. Muchas coincidencias en los casos: mujeres de origen humilde, trabajadoras de las maquilas, camareras, estudiantes, a veces con familia a la que mantener. Todas desaparecieron a plena luz del día. Nadie vio nada. Y las autoridades se niegan a relacionar entre sí estos casos.
Diana Yazmín, la hija de Hilda Medrano, vivía con su familia, estudiaba, era buena hija, responsable, deportista, una chica feliz, tenía 18 años. Hilda había leído que las jóvenes estaban desapareciendo, pero para ella sólo eran cifras. “Les decía a mis hijas que tuvieran cuidado, pero nunca pensé que le fuera a tocar a mi familia”. Los huesos de Diana se encontraron en septiembre del mismo año en que desapareció.
Hilda acudió a la policía, a las autoridades. No hubo respuesta, “las autoridades han cerrado los ojos, no han hecho nada para localizarlas en el momento de su desaparición, tampoco investigaron los homicidios”. Junto a la asociación Justicia para Nuestras Hijas, Hilda y cientos de madres más denuncian las desapariciones y las irregularidades en las investigaciones.
Por esa denuncia continua en una sociedad “donde los hombres creen que la violencia contra las mujeres es un deber”, Hilda y las otras madres son acusadas “de crear una percepción distinta de la realidad” por la propia Procuraduría General de la República que sigue restando importancia a estos crímenes. Pero las madres de Ciudad Juárez y de Chihuahua luchan porque no se cierren los casos sin investigación: “Se han cerrado casos cuando un sospechoso es llevado ante un juez, no cuando se le juzga. Y los pocos casos juzgados encierran graves denuncias de tortura y malos tratos para conseguir la confesión”.
Hilda y el resto de las madres quieren justicia, quieren limpiar la imagen de sus hijas y siguen luchando contra el olvido de lo que está pasando en Ciudad Juárez y en Chihuahua.